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Gladiador en plenitud, dueño de una juventud pujante y poderosa, con una capacidad de agresión que eriza pelos, implacable golpeador, el nicaragüense Cristofer González ha conseguido en dos peleas provocar no solo un impacto mayúsculo, sino obligarnos a creer que ese súbito crecimiento es algo real, y que puede sostenerse como rey de las 112 libras mientras la báscula no lo acorrale.

Tanto frente al japonés Daigo Higa, coronándose campeón mundial mosca en el casillero del CMB, como en su primera defensa tomando el reto del irlandés Paddy Barnes, el bravo Cristofer ha lucido frío, pensante y vigoroso, imponiéndose sin objeciones, dejando constancia de su firmeza para apretar las tuercas, lo cual, sin duda lo agranda en las consideraciones, proyectándolo como una figura de futuro inmediato, y quizás lo necesariamente largo, que vale la pena no perder de vista.

Esa determinación

En una época en que pese a la presencia de Lomachenko, Crawford y Golovkin, por citar tres casos que saltan al tapete, la oscuridad cubre al boxeo, el advenimiento de Cristofer en las categorías pequeñas, sin ser tan ruidoso como el de Naoya Inoue, sexto en el ranking libra por libra de The Ring, es otra posibilidad estimable. Las imágenes que nos mostró la televisión el sábado eran contrastantes: dos peleadores jóvenes, ansiosos de notoriedad, uno en la lona, retorciéndose dramáticamente, el otro erguido, triunfal.

La eterna lucha del ser humano no solo en el boxeo, sino en todo, la victoria y la derrota, el orgullo y el desconsuelo. Ha sido llamativo observar como en estas dos peleas, como aspirante y como campeón, Cristofer ha mostrado una determinación que tiene soporte en la confianza que proporciona saber administrar entre las cuerdas, recursos disponibles, punch dañino y agresividad  sostenida, con el agregado de sus ventajas en estatura y alcance.

¿Cómo frenarlo?

El peleador perfecto nunca ha sido visto. Ni Robinson. Pero el realizar una pelea adecuada con un plan apropiado es lo que te aproxima a la victoria, y Cristofer lo ha logrado, tanto frente a Higa como contra Barnes.

Su golpe abridor de izquierda es rápido y constante y el acompañamiento de la derecha, oportuno. Esto hace que sea difícil anticiparlo, y mucho menos, contragolpearlo con precisión. Colocar presión sobre el rival manteniéndolo ocupado en busca de encontrar soluciones es el factor clave del pinolero.

Sabe que puede plantear la pelea en la media distancia, o en la larga, moviéndose por los laterales, pero hay que forzarlo a eso para que aplique ajustes. Si no lo necesita, va a permanecer encima disparando al cuerpo y la cabeza, martillando, agobiando, debilitando, hasta doblarte la voluntad y las piernas.

No necesita velocidad de piernas para buscar ángulos sin preocuparse de la distancia. Tiene el material para establecerse como un ganador más allá de las 112 libras. Obliga a creer en eso.