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Utilizando un lenguaje nada conciliatorio, tampoco distanciado del odio, que lo ha caracterizado en sus últimas intervenciones públicas frente a su gente, el presidente de un porcentaje de los nicaragüenses, Daniel Ortega, calificó como “Malvados” a todos los que están en contra del sistema de gobierno que practica —sobre todo totalitarista—, cerrando espacios para aquellos que no están de acuerdo, entre los que me incluyo como uno más.

Este tipo de expresiones tan agresivas, tratando inútilmente de atemorizar, provoca que los gemidos de las víctimas sean iguales a la desesperación de los gemidos de los victimarios, fácilmente captables por encima de las bravuconadas de quien inevitablemente, siente un miedo al vacío.

¿Qué les parece?

Llama “Malvados” a quienes multiplican esfuerzos patrióticos, soñando con poder rescatar el concepto República, tan apreciado por el mártir Pedro Joaquín Chamorro, para darle forma a un país mejor, rechazando aquella vieja y nunca decadente teoría y al mismo tiempo sentencia condenatoria: cada pueblo tiene el gobierno que merece; llama “Malvados” a quienes exigen la aplicación correcta de la justicia frente a tantos atropellos, incluyendo niveles escalofriantes de criminalidad, esperando ver sentados a los culpables en el banquillo; a quienes no admiten ser aplastados por la denigrante bota del sometimiento; a los que se rebelan frente a los antojadizamente reiterados abusos de poder, algo que te acorrala y te encadena con una brutalidad repulsiva.

Incontables daños

Llama “Malvados” a médicos que haciendo valer su compromiso con la sociedad sin hacer distingos, comprometidos con su juramento, y abrazados a su condición humana, ofrecieron la asistencia requerida a heridos, todos con cédula nicaragüense; a los sacerdotes, consecuentes con su misión cristiana, que abrieron las puertas de sus iglesias para tratar de proteger a jóvenes protestantes universitarios, desarmados, dispuestos al sacrificio; a todos los que están listos para resistir y resistir el tiempo que sea y en cualquier tipo de condiciones, hasta votar contra un sistema represivo que ha ocasionado incontables daños, y que debe de ser desplazado para nunca más volver; son estos los “Malvados” revestidos de patriotismo que el país necesita para enderezarse.

Escuché decir, al final de esa celebración del Asalto al Palacio jefeado por Edén, Dora y Hugo, aquel 22 de agosto de 1978, con una concurrencia muy distante a la conseguida unos días antes de la derrota electoral en 1990, y rodeada de otras circunstancias, la frase “Dios tarda, pero no olvida”, utilizada por la vicepresidenta. Esa es una frase que precisamente grafica la esperanza que tiene la mayoría de los nicaraguenses, y solo se me ocurre aplicarle como agregado, otra frase que aparece en nuestras monedas “En Dios confiamos”.