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Mi padre Gustavo, hijo de una vendedora de cajetas en Granada, no supo lo que era asistir a una escuela. Siempre lamenté que no hubiera atravesado por esa experiencia, lo cual me hizo admirar aún más su autoformación desde su butaca de obrero, logrando ser autor de cinco libros. Uno de ellos fue una novela sobre tema social que tituló “Las víctimas y los victimarios”. Murió en el 2007, a los 102 años. Viendo todo lo que está pasando en este desventurado país, observando lo que ocurre con las víctimas y como se comportan los victimarios, podría utilizar ese mismo título, para un libro de mi autoría. De ser posible, le colocaría algunas manchas de sangre a cada ejemplar. No reparen en lo macabro de esta idea, sino el contenido humano, que es lo esencial, lo que nos permite movernos hacia delante, como lo hicieron tantos y tantos en los años 70, antes de ser frustrados por el engaño.

Algo inadmisible

Cada día al levantarnos, entre tantos atropellos y distorsiones que quitan el sueño y hacen sudar los huesos, nos encontramos con diferentes tipos de impactos, agrandados en dimensión y dolor, por la perversa intención de juntar a víctimas y victimarios, ignorando los diagnósticos precisos de organismos de derechos humanos internacionales, sobre la carga de responsabilidad que asiste al Estado. Naturalmente ese intento de confundir, es inadmisible. Con la represión desbordada y multiplicada la persecución, esa falta de humanismo, provoca que el Gobierno sea más rechazado, y los adversarios crezcan. Es natural no desear esto para hijos y nietos. Y ahora son ellos los que se encuentran batallando por su presente y futuro, con una determinación impresionante, después de haber demostrado la fragilidad del Gobierno, obligado a recurrir a la fuerza de las armas y el uso de la impunidad, para contener —sin llegar a someter— este impulso de la mayoría, que aún desarmada, se ve temible con el uso de la razón y la urge
ncia de democracia.

Los riesgos, ahí están

El temor ha cambiado de acera. El sostenimiento en el poder es cada vez más difícil viendo los problemas multiplicarse en forma vertiginosa. Las marchas tienen una importancia mayúscula, pese al peligro que las cobija. El significado de ver a gente de cualquier edad y tamaño, que se ofrecen para gritar ¡Presente, aquí estoy! en forma voluntaria, entregada a la causa, acelera los latidos de los corazones. Es un mensaje inagotable, claro y contundente. Pero no hay reflexión del otro lado. El aferramiento al poder lo altera todo, y la exposición al riesgo, incluye ser objeto de cargos infundados, afectados por testigos sacados desde la nada, y recibir un apretón de tuercas provoca aullidos. En medio de todo esto, la sociedad está respondiendo con una resistencia indoblegable. Las víctimas se preparan para vencer a los victimarios, quitando máscaras, diferenciando responsabilidades. Algo realmente épico y justo.