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Daniel Ortega tiene largo rato de estar intentando un acto de magia que nadie ha podido realizar, ni Houdini, ni Cooperfield, ni Chris Angel: tratar de tapar lo que muestra el sol con tanta claridad, como la presencia de antimotines —lo que es intimidante— para bloquear y entorpecer a los marchistas; balas hacia los manifestantes, finales escalofriantes como el ocurrido, visto y grabado, en la marcha del día de las madres. “Esto sí es una marcha pacífica”, dijo el miércoles haciéndose el sueco, como si la desigualdad no fuera injusta. Una marcha con protección, además de una convocatoria forzada sin la disyuntiva en el sector público de ir o no ir, con todo el poderío económico moviendo resortes, con un factor de seguridad garantizado, y las otras marchas, las nuestras, cargadas de riesgos, con las voluntades sobre el tapete, sabiendo anticipadamente que las dificultades pueden presentarse y agrandarse tan súbitamente como ocurrió en la última. Así que no es lo mismo ir a una marcha del gobierno que a la otra. 

Un recuerdo amargo

Obviamente, eso es lo que lo molesta terriblemente y lo entendemos, porque nos colocamos en su lugar —como recomendaba mi abuelo— para estar realmente claros, de cómo piensa y siente quien se encuentra en la otra acera. Sabe que no es contraponiendo marchas con todas las ventajas e imposiciones, como se apaga la incomodidad de la mayoría ni se disminuye su determinación, pero es el recurso que tiene a mano. Debe recordar que en 1990, en su última convocatoria pre-electoral, quedó impresionado de poder hablar bañado de optimismo, frente a posiblemente un millón de supuestos seguidores, sin embargo, un par de días después era derrotado en las urnas con un grueso porcentaje de votos de los mismos que lo vitorearon. Desde entonces descree de las multitudes y de las encuestas, especialmente con el giro brusco en el mes de abril. Eso sí, consciente de no poder tapar el sol, trata de manejarse sin lograr ser creído. Ni por quienes parecen escucharlo con atención ovacionándole en cada pausa.

Lo humano y lo inhumano 

Ahora ¿cree él en lo que dice? En Juego de Tronos, ese pequeño astuto que es Tyrone, da por sentado que si no crees en las distorsiones que manejas, nunca podrás hacerlas llegar efectivamente hacia los otros. Supongo que Daniel y los que lo rodean, lo saben y no deben tomar en serio eso de la batalla de marchas, conociendo las terribles desigualdades. Saben de donde salen los males, desde antes de conocer los diagnósticos de los organismos internacionales de derechos humanos. No es necesario ser un experto como el Dr. Uriel Pineda, para percatarse de lo humano y lo inhumano. Marcha pacífica es aquella que cuando suenan los balazos nada amorosos que vienen encima, estando todos desarmados, tratan de evitar ser blanco de diferentes maneras. Marchas en la que puede ser visto Edwin Carcache, “peligrosamente” armado de un megáfono; en que reclamar democracia y negar a someterse, es un impulso. ¿Cómo tapar los incontables daños producidos? Se trata de un acto de magia imposible, y Daniel lo sabe.