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Por largo rato “Peché” Jirón fue “el corazón” de nuestro fútbol, tanto vestido de “Cacique” con el Diriangén, como con la Selección Nacional. Era nuestro Antonio Ubaldo Rattin, aquel jugador símbolo, que jugaba en Boca Juniors y resultó expulsado durante el juego Argentina-Inglaterra en la Copa del Mundo de 1966, con una salida del campo, más dramática que el recorrido de bases hecho por Kirk Gibson en la Serie Mundial de Béisbol de 1988. Tomaba el balón con esa maestría reservada a los predestinados para una misión, se movía erguido con su cabeza levantada, tratando de abarcar la mayor cantidad de terreno posible y la posición de sus compañeros, miraba muy poco el balón dando la impresión de estar manejándolo en Wembley y no sobre nuestros terrenos escabrosos, su facilidad para realizar trazados y su atrevimiento para disparar desde afuera, lo convertían en un mediocampista temible. Nadie como él. Es lo mejor que vi en aquella época para muchos inolvidable de los años 60 y los inicios de los 70.

Nunca darse por vencido

Durante sus 15 años fulgurantes en nuestra Primera División con el Diriangén y la Selección nacional, su consigna permanente fue: “Siempre es muy temprano para  darse por vencido. Nunca hay que bajar los brazos mientras se pueda pelear un centímetro de terreno” ¡Cómo olvidar aquella actuación casi espectacular durante el Norceca de 1968 en Honduras! Ahí estaba “Peché”, disputándole pelotas y terreno aLuis Regueiro de México, o enfrentando la marca de Jesús del Muro...Fue en ese torneo cuando Nicaragua estuvo a punto de vencer a Honduras, pero lamentablemente Rudy Sobalvarro, nuestro atacante más incisivo, falló un penalty sobre el tiempo y tuvimos que conformarnos con el 1-1. En ese mismo evento perdimos 2-0 en gran batalla frente a Guatemala, el ganador del título. A través de cada uno de los difíciles partidos “Peché” fue figura con su prestancia, solvencia, habilidad tan bien cultivada, seguridad en el traslado, capacidad de entrega y firmeza en la  contención. Era el jugador que todos querían tener.

No recuerdo en aquellos tiempos, otro tan preciso para destruir el juego del  adversario y pasar rápidamente a convertirse en el arquitecto de nuestros avances, como Peché Jirón. Me dicen que nació en Diriamba, cuna del fútbol pinolero el 18 de diciembre de 1939, y comenzó a  proyectarse desde la categoría mosquito mostrando ese buen trato al balón  que siempre lo caracterizó y esa disposición para “morder” en  todos los sectores de la cancha con vitalidad y habilidad, hasta llegar a ser ese centrocampista de mayúscula incidencia que tanto tiempo disfrutamos. Era capaz de marcar goles desde larga distancia, creados de la nada, cuando el equipo se sentía apretado por la presión y necesitaba un impulso revitalizante…Si le daban tiempo y espacio, “Peché” era sencillamente devastador. Su dureza era de todos conocida. No daba ni pedía tregua. Siempre iba a fondo.  

Un salón de la fama

Recuerdo su entendimiento con Gustavo “El Cuervo” Ocampo y los pases largos para aleros tan veloces y desconcertantes como Manuel Tamariz  y “Chico Mambo” Romero facilitando sus desbordes. En 1966 contra Estudiantes de la Plata, durante la victoria por 2-1, que significó mucho tiempo nuestro mayor timbre de orgullo, Peché fue de los que se excedió en su rendimiento. Sus días de gloria mientras derrochaba facultades al servicio del espectáculo son un pedazo valioso en la historia de nuestro fútbol. En cualquier All Star pinolero imaginable, “Peché” es una presencia obligada. Por supuesto, su ingreso al Salón de la Fama 1995 fue considerado como algo natural...Uno de esos jugadores que hacía que las cosas ocurrieran manteniéndose en todo instante en pie de guerra. Descansará en paz, buscando como distraerse en el más allá metiendo pelotas entre líneas.