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Cada vez que veíamos al joven y aventajado estudiante universitario Edwin Carcache en las marchas, en sus apariciones en televisión, o haciendo presencia en diferentes actividades propatria, sin importarle los riesgos, impulsado por esos ideales que le dan forma a sus sueños, se observaba ese entusiasmo, esa entrega y esa perseverancia, de quien piensa como Eliseo Alberto —el escritor cubano ya fallecido que compartió con Sergio Ramírez el Premio Alfaguara— que “ningún pueblo merece morir de asfixia en castigo a su negligencia”.

Algo había que hacer por despertar a la mayoría de ese pueblo, empujar y animar a ese sector en crecimiento día a día. A reflexionar sobre la necesidad de la desobediencia para quebrar la fatal e imperdonable indiferencia, y percatarse de la necesidad de una rebelión cívica, que estremeciera los resortes del poder, quitándole la capucha a la ficción y dejando a los gobernantes frente a la cruda realidad. 

Hay que apresarlo

Como todos los jóvenes estudiantes, sin la contaminación politiquera de esos expertos en arreglos y complicidad, Edwin Carcache pertenece a la promoción de muchachos admirables, ejemplares, dispuestos a todo.

Consecuentemente, se le colocó un asterisco. Ser considerado como “tipo peligroso” para un aparato de poder súbitamente carcomido, y desprovisto de fuerza moral para reconstruirse. Ante su insistencia se manda la orden: ¡Hay que apresarle! Aunque sus ideas, su empeño, patriotismo, y accionar limpio y decidido, quedan entre nosotros como un estímulo inextinguible en esta lucha de casi cinco meses.

Aprovechando la mayor inseguridad por la que este desventurado país ha atravesado, resulta fácil acusar a cualquiera de lo que sea, conseguir testigos contrarreloj, juzgarlo por la noche y sentenciarlo. Es lo que está ocurriendo con el joven Carcache, en otro “típico” abuso de poder. 

Aquí los cargos

Revisemos las acusaciones.

1.-Terrorismo. Se trata del terror frente a la represión indiscriminada e inhumana, que ciertamente eriza pelos.

2.-Robo agravado. Del adormecimiento y la indiferencia, algo que hacía sentirse a los poderosos en el paraíso. Edwin es uno de los temibles provocadores de este nuevo despertar.

3.-Portación ilegal de armas. Solo ha sido visto en las marchas “armado” de un megáfono motivador para mantener a la gente en pie de lucha, en la búsqueda de transformar el país para bien de todos.

4.-Tentativa de homicidio e incendio. Esto es por su fiero ataque en busca de terminar con los abusos de poder, y de incendiar con su ejemplo patriótico, mentes y corazones que fortalecen la resistencia pacífica.

5.-Golpista. Por haber golpeado junto con sus compañeros de batalla, la conciencia ciudadana, facilitando una reacción reclamando derechos que estaban confiscados.

6.-Delincuente. Porque aquí es un delito seguir las huellas trazadas por el general Sandino. En cada uno de los casos, el joven Carcache, es tan culpable como la gente que sueña con un necesario y urgente cambio de sistema. Un sueño, que en algún momento tuvo Daniel, sobre todo, cuando escuchó decir y quizás lo creyó, que “el amanecer dejó de ser una tentación”.

Lamentable

Estos son los “delitos” por los que se tiene sentado en un banquillo antojadizo, al estudiante Edwin Carcache por un poder político de corte totalitario, donde puede colocar a cualquiera, a quien se le antoje.

Su culpabilidad ha sido y sigue siendo tratar de dar forma a un país mejor, a pesar de la negligencia de tantos, como apuntó Eliseo Alberto en su libro “Informe sobre mí mismo”. Un abrazo Edwin.