Edgard Tijerino
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Desde que se inventó el béisbol, el pitcher es el pelotero obligado a utilizar más su cabeza en el juego. Como bateador, puedes tomar cuatro o cinco turnos viendo venir unas 20 ó 25 bolas hacia el plato, y como fildeador, tu número de lances está limitado, pero como pitcher, estás analizando, especulando, revisando mentalmente información acumulada, recordando imágenes y decidiendo lanzamiento tras lanzamiento qué vas a hacer. En ese ajetreo desgastante, puedes realizar más de 30 disparos en un inning, y cuando se trata de abridores, superan los 100 en el juego, antes de entregarle la píldora a los brazos del bullpen.

“Él está demostrando que puede lanzar, manipular la pelota, planificar y realizar, hacer cosas buenas. Sólo le llevó un rato para ponerse en forma”, dice el manager Ron Washington sobre el pitcheo sereno de Padilla contra Marineros y Medias Blancas, en la nota de Patrick Mooney, publicada en MLB.com
No hay duda, el “pistolero” madura, llega al convencimiento de que debe administrar sus “balazos”, combinándolos con diferentes tipos de quiebres, cambios de velocidad, variando puntos de aterrizaje, mantiene adivinando al adversario. Y eso sólo se consigue cuando te enfocas en ese apasionante duelo mental, pitcher-bateador, separados 60 pies y 6 pulgadas, teniendo la pelota oculta en tu mano, escudriñando señas y tomando decisiones para desequilibrar.

Es algo más complicado que el ajedrez, porque la acción y la reacción se producen en el mismo instante y, a diferencia de cuando estás frente al tablero, no podés tomar tiempo para encontrar el antídoto, porque la propuesta viene hacia vos en toda su redondez, con una velocidad de 95 ó 96 millas por hora, y debes atacarla con un artefacto cilíndrico, desarrollando tu swing con rapidez y prontitud. Eso es lo más dificil imaginable en el deporte.

Y en esa lucha, la mejor pitcheada, es la madurez. Lo vimos incluso con un fenómeno como Nolan Ryan cuando avanzaba hacia los 46 años, y con el mismo Clemens, más allá de los esteroides. Lo entendió también Denis Martínez, sin haber sido un pitcher de bolas humeantes, sacándole un buen provecho a lo cerebral.

“Me quito el sombrero ante Padilla. Lanzó un juego fenomenal”, dijo el jonronero Hank Blalock. Dos trabajos consecutivos de un hit, lo suficientemente largos (ocho y siete entradas), es una rareza en cualquier época del béisbol. Se informa que desde 1954, sólo se han producido ocho casos, el último, realizado por el venezolano Freddy García con los Medias Blancas en 2006.

“He estado haciendo mis lanzamientos y sacando outs. Mis bolas rápidas se estuvieron moviendo mucho y el pitcheo abajo me ayudó. Si trabajo bien, me satisface, pero lo importante es conseguir la victoria”, apuntó el nicaragüense con sencillez al cronista Antony Andro en el Star Telegram.

Hemos estado viendo a “otro Padilla”, frío, pensante, dominante, cobijado por una confianza exuberante. La pregunta es: ¿lo seguiremos viendo? Puede ser. El “pistolero” parece haber entrado a una etapa de madurez.