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Hoy, no solo en México, sino en el mundo, se rememora la noche de Tlatelolco de aquel 2 de octubre de 1968, hace medio siglo, cuando centenares de estudiantes fueron masacrados en la Plaza de las Tres Culturas del Distrito Federal, dejando -según uno de los informes- 25 muertos, 87 lesionados y 12 militares heridos.

“Si alguien me dice que no fue una emboscada planeada por el Estado, pues que me explique qué ocurrió, porque yo, que estuve presente, y a partir de lo que observé y vi, experimenté y hago mi juicio”, dijo en entrevista al diario Reforma, con una gran carga emocional, el entonces líder universitario Gilberto Guevara Niebla, recientemente nombrado por el presidente electo Andrés López Obrador, como responsable de la Equidad para la educación. 

El truco macabro

La escritora Elena Poniatowska, quien logró producir un libro que sigue siendo buscado como si Tlatelolco hubiese ocurrido ayer, dijo con solemnidad: “Las masacres nunca se olvidan”. Una vigorosa protesta previa a la inauguración de los Juegos Olímpicos de 1968 fue víctima de una “emboscada” macabramente surrealista: aparecieron francotiradores -que en realidad eran militares del Batallón Olimpia, vestidos de civil- y gente del Ejército cruzando disparos, y después de fijar sus objetivos provocaron la matanza.

El gobierno del priista Gustavo Díaz Ordaz vio bien la decisión del futuro presidente de México Luis Echeverría, secretario de Gobernación, a quien Guevara Niebla señala como responsable de esa masacre, apuntando, “para él estaba en juego la sucesión presidencial y no le importaba el exterminio”.

Las distorsiones

Y apareció la desfachatez. Encima de las ensangrentadas huellas de la masacre, el Gobierno acusó a los estudiantes de huelguistas, terroristas y de ser ellos los francotiradores que se enfrentaron con el Ejército.

“Recio combate al dispersar el Ejército un mitin de huelguistas”, “Balacera del Ejército con estudiantes”, “Francotiradores abren fuego contra el Ejército”, “Sangriento encuentro”, fueron algunos de los principales titulares, relata Poniatowska, a quien le confiscaron todos sus artículos en el diario Novedades, incluyendo una entrevista con Oriana Falacci, testigo de excepción. El Gobierno informaba lo que quería a su manera. Para Guevara Niebla, Tlatelolco dejó una escuela. Las rebeliones estudiantiles nunca acabarán.

Hay actualidad

Precisamente hace unos días, en su edición del 9 de septiembre, la revista Proceso tituló en su portada: “La Universidad se agita”, y adentro publicó una nota sobre la protesta contra arbitrariedades denunciadas y exigiendo la erradicación de grupos agresivos, temas de actualidad antes del aterrizaje de López Obrador en las esferas de poder, con una advertencia “Despierta otra vez la UNAM”.

Ah, estos muchachos, su fuego no se apaga, escribió uno de los mil columnistas que opinan cada día en los medios de información mexicanos. “La juventud universitaria, pensante, vigorosa y decidida es capaz de estremecer un sistema y provocar cambios. Nunca consideran que un esfuerzo es un fracaso. Es una siembra para el futuro”, dice Guevara Niebla. Es lo que por aquí estamos viviendo.