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Dave Anderson ha fallecido. Eso me obliga a empastar en tomos, más de mil de sus columnas que guardo en mi archivo muy bien traducidas. Anderson, del New York Times y quien vivió 89 años, es uno de los cuatro columnistas de deportes ganadores del Premio Pulitzer de periodismo en Estados Unidos. Arthur Daley y Red Smith, también del periódico neoyorquino, y Jim Murray de Los Ángeles, son los otros tres. Todos geniales. ¡Nadie más!

Fue fácil explicarlo

Durante una de tantas charlas que he realizado frente a estudiantes de periodismo invitado por diferentes Universidades, después de responder preguntas sobre mis inicios “al bolsazo”, algo imposible en estos tiempos, sin haber pasado por las aulas que ofrecen aprendizaje sobre la ocupación que tengo desde hace 48 años, sorprendí a la chavalada diciéndoles que mis maestros fueron tan excepcionales, que ellos no podrían soñar tenerlos. Agregándoles que solo logré estar frente a unos cuantos de ellos.  Fue natural que saltara al tapete la intriga: ¿cómo es eso, por favor, explíquelo? 

Respondí que todo se lo debía a mi pasión por la lectura, que “es la mejor manera de aprender no solo a escribir, sino también a comprender, valorar y analizar con profundidad”, según la sabia recomendación del poeta Guillermo Rothschuh Tablada, el más joven director en la historia del Instituto Ramírez Goyena. Agregué el nombre de “mis maestros” comenzando por Jim Murray, Jess Losada, Rafael Pont Flores, Red Smith, Cherquis Bialo, Eladio Secades, Manuel Seyde, y otros, incluyendo por supuesto a Dave Anderson, quien tiene varios libros publicados, entre ellos, “Las grandes luchas por banderines”, la vida de Ray “Sugar” Robinson, sus mejores columnas de cada año, y especiales sobre el beisbol, el boxeo, el baloncesto de la NBA y el golf.

Cursos intensivos

Los leía y releía con cierta desesperación. Conocí a Manuel Seyde en la redacción de Excelsior en México, el mejor columnista imaginable; a Murray en su despacho en Los Ángeles Times en 1984 durante los Juegos Olímpicos; a Anderson en un entrenamiento de Muhammad Alí en el Felt Forum del Garden en Nueva York en 1977; al admirable Losada y Pont Flores durante mi estadía posterremoto de casi 10 meses en Puerto Rico; a Cherquis en varios eventos, incluyendo su presencia en Managua para la pelea Castellini-Gazo; nunca estuve con Red Smith ni con Jimmy Cannon ni con Jack London, pero no fue necesario. Día tras día, ellos estaban a mi alcance, enviándome señales, haciendo que me exigiera.

Maestros a distancia pero con una mayúscula incidencia en este prójimo. Fichaba los artículos de ellos y aún consciente que no podría aproximarme a la calidad de sus notas, aprender leyéndolos fue para mí una especie de maestría en el manejo de las diferentes situaciones de juegos y peleas.

Llegué a aprenderme de memoria muchos de sus arranques, partes medias, uso de metáforas y cierres. Siempre quedaba con más ganas de aprender y es lo que me ocurre todavía a mis casi 75 años. Una sed por seguir aprendiendo que solo se apagará con la muerte, como seguramente le ocurrió a Anderson.