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Hay una marcha que no se puede detener, y es esa hacia la victoria final que seguramente obtendrá el sector mayoritario —el sacrificado pueblo nicaragüense— en las urnas, sin armas en sus manos y que cada día que pasa se hincha más, pica y se extiende, por encima de amenazas, agresiones y prohibiciones, que en un alarde de arbitrariedad, hace un Gobierno agobiado por su incapacidad para enderezar una situación de caos permanente, que lo está consumiendo inexorablemente en una olla de presión. Esa marcha hacia la victoria definitiva es la marcha incontenible de la suma de conciencias y voluntades, que no necesariamente necesita mostrarse en las calles, sino, que se hace sentir con fuerza arrolladora en todos los rincones del país y que provoca escalofríos en las debilitadas esferas del poder.

Debe impactar tan demoledoramente como dos ganchos consecutivos de Mike Tyson a la mandíbula, estar mirando el crecimiento agigantado del rechazo a un sistema que se ha convertido en el más tenebroso de nuestra agrietada historia, por parte de una población esperanzada en darle vida a otro país, diferente a este desventurado en el que hemos vivido, atravesando dictaduras que se reproducen como tentáculos de un pulpo implacablemente destructivo. Esa confiscación del presente no se extenderá hacia el futuro. Ver derrumbarse los sueños de Estrada, Zeledón, Sandino y Fonseca es doloroso, pero fortalece nuestras rodillas para evitar que se doblen. No importa lo que haya que esperar, seguros como estamos de marchar hacia la victoria en las urnas, lo que cada vez resulta visible para todos los nicaragüenses.

Cuando yo era responsable de la elaboración del periódico clandestino Trinchera, tendencia GPP, antes del triunfo de la revolución traicionada, se utilizaba en cada número una consigna que fue muy popular, sobre todo en el agitado y combativo sector universitario: La marcha hacia la victoria no se detiene. Eso es lo que finalmente se logró y volverá a ocurrir inevitablemente, aunque de otra forma, sin violencia por parte de esta resistencia cívica que ha demostrado desde el 18 de abril —cuando la chavalada hizo sonar el despertador— que es capaz de mover montañas de atropellos desesperados. Esta es la marcha que no hay forma de detener, ni con cañones y ellos lo saben. Cada arbitrariedad como las vistas ayer, suma más gente en contra de este sistema tambaleante, abrumado por esa marcha hacia la victoria, en la cual estamos incluidos todos los que deseamos otro país.