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Un día como hoy, 24 de octubre de 1979, hace 39 años, murió mi pequeña hija Ruth de solo 16 meses…No hay, no puede haber golpe más doloroso, estrujante y dramático que la muerte de un hijo. Es la prueba máxima del sufrimiento. Semanas después del triunfo de la revolución, estando en Cuba al frente de una delegación deportiva nicaragüense, me bajaron de un avión para informarme que la niña, sin tiempo para soñar con el futuro, había cerrado sus ojos por última vez.

Al recibir la noticia, en el aeropuerto José Martí de La Habana, sentí como si me hubieran cortado de un solo tajo la cabeza y las piernas, mientras un dardo se me clavaba en el corazón. Nunca antes en esta vida me sentí tan cerca de mi esposa Ruth como en ese momento. Mi brazo extendido atravesaba imaginariamente el mar Caribe para que nuestras manos se encontraran. Es triste llorar con todos los grifos del alma abiertos. Hubiera querido en aquel momento que las lágrimas, por la vía intangible del cariño llegaran hasta el rostro manso y dulce de mi hija muerta y rozaran suavemente, como una muestra de adhesión en el instante supremo, el rostro de mi esposa y el de la otra chiquita, llamada Helen, de escasos 5 años.

Como suele suceder en estos casos, me resistía a creerlo y reclamé: Señor… ¿por qué? Sin embargo, no queda más alternativa que rendirse ante la evidencia de lo irreparable y escribí: Ya no más su sonrisa angelical; no más su corretear alegre y dinámico por todos los rincones de la casa; no mas su compañía desde las 5 de la mañana tratando de ayudarme a golpear las teclas de la máquina; no más los recorridos de Bello Horizonte a Ciudad Jardín para entregar el material de Sucesos en Radio Corporación; no más sus abrazos y sus besos, que siempre eran en racha.

En una época de incertidumbres, en que ya uno no sabe qué creer, el impacto de lo definitivo nos acerca más a la humilde condición de mortales que queremos olvidar buscando una apócrifa paz espiritual. El eco de las carcajadas que siempre me han caracterizado, aun en los momentos más difíciles, se borró con brusquedad esa mañana para ceder sitio al dolor más profundo.

Tan chiquita y era depositaria de tantas esperanzas por parte nuestra. La imaginábamos forjada en este nuevo sistema creciendo como un producto genuino de esta revolución, a la que ella, pese a su inocencia, había ayudado, ya fuera jugando en la puerta con su hermanita y su madre, mientras Bayardo, William y otros compañeros, elaborábamos el periódico clandestino “Trinchera” o cubriendo las apariencias en diferentes traslados durante la época de la represión cruel. ¿Cuántas veces William pasó en las narices de los guardias con ella cargada, sentado al lado de mi esposa? Sin embargo, nunca le pasó nada y ahora frente a un futuro que veíamos promisorio, se nos fue del escenario.

El tiempo ha pasado, tantas ilusiones han sido rotas, el planeta sigue girando y frente al doloroso recuerdo, insisto: Señor… ¿Por qué? Y me pregunto: ¿Qué estaría pensando ella 39 años después, viendo lo que estamos viendo? Eso, tristemente, es fácil de imaginar.