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Entra LeBron James a la cancha y los rivales sienten el impulso de apartarse, por su impresionante musculatura que le permite derribar montañas de obstáculos, pero sobre todo, por lo destructivo de su juego, combinando furia con destreza y precisión. LeBron es sencillamente incontrolable y consecuentemente imparable. Sabía, cuando firmó con los Lakers, descartando hacerlo con equipos bien armados, de elevado nivel de competencia y con posibilidades de ser campeones de la NBA, que al frente de una pandilla de prospectos (Kuzma, Ingrand, Ball, Hart y el recién llegado Williams), la tarea resultaría más difícil de lo que se suponía, y la racha inicial de tres derrotas, siendo él la figura cumbre en cada juego, lo cual se consideró previamente una certeza, lo confirmó. No bastaba rezar y cruzar dedos, se exigía una mejor defensa que admitir 99.8 puntos de promedio, más seguridad en los avances y una puntería mejor afilada. 

La defensa agujereada

Sentado LeBron en la butaca del realismo, se preguntaba ¿Cuánto tiempo durará esa espera? ¿Cuándo vamos a ganar el primer juego? ¿En qué momento la chavalada va a enviar señales de madurez? En el debut frente a Portland los Lakers cayeron 128-119 fajándose un buen rato, y continuaron con otro revés 124-115 ante los Rockets de James Harden, el mejor equipo en la temporada regular de la NBA en el 2016-2017, y finalista de Conferencia con los Warriors. LeBron salió rascando su cabeza. El encuentro con los Spurs de San Antonio, sin Ginobilli retirado ni Parker cambiado, sin Leonard, pero con DeRozan junto con Aldridge, presentaba un reto interesante. Los Lakers perdieron por un punto 143-142 en tiempo extra con Kyle Kuzma desbordado marcando 37 puntos, cinco más que LeBron, y la ofensiva superando los 30 en cada uno de los tres últimos períodos. Pero el verdadero dolor de cabeza del técnico Walton estaba en la agrietada capacidad de contención. El adversario, siempre marcaba más.

Dos señales de vida

LeBron se veía paciente. “Sé a lo que vine y no esperaba rápidos resultados. Ya vendrán. El camino es largo”, dijo “El Monstruo” revestido de madurez a sus casi 34 años. Ir a Phoenix y lograr su primera victoria con el histórico equipo, por 131-113, con un segundo período huracanado imponiéndose 44 puntos a 24. Esta vez fue un veterano, Lance Stephenson, que aporta experiencia junto con Rondo y McGee, el factor de mayor incidencia, girando siempre alrededor de James. Triunfar fue un romper de cadenas. Los Lakers se sintieron liberados y saltaron al tabloncillo del Stapless Center para retar a los Nuggets de Denver, invictos en cuatro juegos. Fue necesario un triple doble de LeBron para darle forma a una victoria resonante 121-114 quita invicto. Sentado encima de ese segundo triunfo, “El Monstruo” sonreía, satisfecho del crecimiento que poco a poco pueden conseguir los chavalos. La posibilidad de ver a los Lakers en la postemporada no está dibujada, pero LeBron en silencio, no la considera remota. Seguramente 
piensa que era más difícil llevar a aquellos Cavaliers del 2007 a la final contra San Antonio, y LeBron lo consiguió.