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Vivir sobre el potro de la tortura con una angustia sin tregua. Esa ha sido la historia de nuestras expectativas en diferentes deportes, no solo en el futbol, instalado en estos momentos en el banquillo de los cuestionamientos por la derrota 0-2 frente a Haití, un país más pobre, menos desarrollado pero con mejor juego, aunque todavía permanezca aferrado al recuerdo de la proeza lograda hace 44 años, cuando avanzó a una Copa del Mundo eliminando a México.

Posiblemente los haitianos, pese a que han llegado a volar tan alto, aunque solo una vez, no hayan lamentado tanto la derrota ante Nicaragua hace un año, víctimas del bombardeo de Juan Barrera quien les marcó tres goles en un abrir y cerrar de ojo, como nosotros hoy por todo lo que he escuchado y leído.

Cuando nuestra selección, obviamente nunca “pontificada” pero merecedora de elogios por el visible proceso evolutivo de la mano de Henry Duarte, derrotó a Jamaica en el 2015 y después a Haití en el 2017, la mejoría de nuestro futbol saltó a la vista y se hicieron sonar ruidosamente los claros clarines.

Atravesando la sublime alegría de los pobres, nos sentimos en las nubes, y tal júbilo estaba justificado. Eran resultados favorables impensables y se pensó que el entrenador tico era un hacedor de milagros, que había descubierto petróleo en el futbol pinolero, y que era capaz de darle forma a un equipo de sostenimiento competitivo, lo que jamás ha sido sencillo sin la base humana requerida y el respaldo económico necesario. A Panamá le tomó 40 años ese salto a la notoriedad, creando las condiciones, disponiendo de recursos y contando con personal.

Las ilusiones rotas

El entusiasmo estaba ahí, con un guiño de ojo y sonrisa reluciente. Todos fuimos partícipes de esa excitación sin precedentes y perdimos de vista que nos estábamos excediendo en las consideraciones. Hay quienes pensaron en la cima de lo hiperbólico, que la próxima parada sería nuestra presencia en grandes torneos, no en una Copa Oro, experiencia ya vivida… A diferencia de Panamá, no tenemos un plan de acción consistente que asegure el progreso por la evidente debilidad financiera y no contamos con jugadores moviéndose hacia otras esferas de competencia… La derrota por 0-2 frente a Haití el pasado sábado ha dejado un sabor amargo. Pero de eso, a calificarlo como algo catastrófico, es perder la noción de la realidad. Nuestro futbol ha mejorado, pero no tanto para garantizar una estabilidad en rendimiento.

Seguimos expuestos a resultados contrastantes en dependencia de crecimientos producidos por raptos de inspiración. Haití sorprendió al mundo del futbol en 1974 pero no pudo sostenerse, volvió a su discreto nivel de rendimiento y ha permanecido en él. Como apuntamos, se trata de un país más pobre que el nuestro y tiene problemas mayores. Perdimos, pero el proceso de desarrollo sigue, lentamente, es cierto, pero sigue, y eso es lo que verdaderamente importa.

De vez en cuando aparecerán resultados estimulantes, pero mientras tanto, debemos tener calma y estar conscientes, pies en tierra, de lo real. Ya quisiéramos que entre las excesivas limitaciones que aprietan nuestros deportes, consecuencia de las dificultades que aguijonean todos los sectores de esta sociedad, consiguiéramos avances significativos. Así que no exageremos.