Orlando López-Selva
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Acabo de leer esta noticia. “Rusia termina de construir su muro, de 60 kilómetros, entre Crimea y el resto de Ucrania”.

La agencia oficial de noticias Novosti lo ha dicho: “[fue hecha] para prevenir intentos de penetración de saboteadores ucranianos. La nueva infraestructura pretende impedir todo tipo de contrabando, especialmente el de armas, narcóticos y alcohol”.

Mi punto. El nuevo zar del Kremlin se impone sin importarle el derecho internacional. Se apoderó de Crimea, aduciendo que fue, hace muchos años, territorio de la Ex Unión Soviética. Ahora ya asentó el muro con el que quiere demarcar su posesión usurpada. ¡Despojo descarado e imperial! Obviamente, sus pocos siervos alrededor del mundo justifican esa arbitrariedad. Pero, esta acción revela que el régimen moscovita bajo Putin es un cuartel de atropellos y falsías, sin principios ni valores; que miente para conseguir sus fines sin importar los medios. ¿Qué moral tiene para pregonar esr modelo ideológico degradante?

¡Me encantaría leer alguna crítica de los diarios de La Habana o Pyongyang acerca de la construcción de este muro!

Pero no puede ser posible. En esos países, así como en los otros donde se venera a los nuevos zares bajo la excusa de que son regímenes que escogieron el camino de la revolución (léase, dictaduras disfrazadas), se rinde culto al jerarca y pontífice de los dictadores escarlatas. Nadie critica al jefe supremo. Criticar a los funcionarios públicos que cometen errores no es un derecho en las satrapías feudales. Esa es una práctica y vocación de los demócratas.

Por eso, es admirable CNN. Siendo una compañía de noticias norteamericana, critica al presidente de Estados Unidos por lo que cree va contra los valores y principios democráticos que deben regir los destinos de los pueblos. Ya que desde 1776 y 1789, grandes pensadores norteamericanos y franceses sentenciaron: ya no somos súbditos de monarca o tirano. A partir de ahora todos somos ciudadanos con derechos y garantías. Y nuestros derechos nos permiten elegir o remover a nuestros gobernantes. El pueblo es el soberano.

Esos son los principios democráticos: un sistema hermoso, noble, humanizador. Pone al pequeño a la par del grande. Todos tienen voto igualitario. Muy al contrario de los sistemas de rendición de culto a la personalidad. Ahí los dictadores se rodean de fanáticos incapaces de criticar, cuestionar, pensar distinto, oponerse. La administración pública es un asunto de todos, sin distingos. No importa pensar distinto. La democracia resuelve las disputas entre los que están en desacuerdo, sin recurrir al terror. Porque cada quien aporta su razón, sin que nadie asuma que la tiene toda e imponerla absolutamente para usarla con fines personales.

Lo hecho por Putin, seguramente, será visto como hito en la televisión rusa. Verán al señor de los cañones recorriendo su muro en un jeep militar descapotado. Quiere que le miren y admiren. Es el “mandamás” (una palabra latinoamericana precisa; describe al tiranuelo de botas brillantes, pecho enmedallado, manos agrestes). Es el poderoso chauvinista, mediático, farsante. Es el discursero venido a Rey-Dios (como una deidad mitológica griega), que lanza sus prédicas ―In veritate mea―; más para oírse y sentirse aclamado. Por eso odia la democracia de diálogos; donde se intercambian opiniones con los que piensan distinto. Pero no. Solo él habla porque cree que los demás deben sometérsele. Veámos a los predecesores: Lenín, Mao, los Kim, los Castro. El podio, las tribunas, los escenarios son solo para ellos. Fueron construidos para que encanten, embrujen, engañen a los que les siguen porque en él encontraron al mago de la frase astuta: “Ahora tú todo lo tendrás y podrás, pero solo conmigo”.

¿Se dan cuenta los fanáticos que el hombre sin libertades se convierte en un ser primitivo? En la medida que el ser humano usa más su cerebro, se civiliza. El tirano es quien lo lleva a la degradación humillante cuando les somete.

No puede ser buen ejemplo el que arrebata a los demás por el tamaño de sus músculos o el poder de sus cañones (¿No es una compensación sicológica cuando el cráneo deslustra?).

La Rusia de hombres y mujeres extraordinarias ―desde o antes de Leon Tolstoi, Fyodor Dostoievki, Alexander Pushkin, Alexander Solhyenitzin, Dimitri Mendeleiev, Valentina Tereshkova, Peter Thcaikovski (en mi opinión, junto a Joseph Haydin, los músicos más completos y fecundos), Rimski Korsakov, Andrei Sajarov, Anna Netrebko―; y otros tantos que no caben aquí, merecen un mejor destino.

Los muros modernos son vergonzosos: sea el de Berlín, el que pretende construir Trump o el nuevo muro de Putín.