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Aunque me parece que fue ayer, cuando miro hacia atrás, compruebo que ha pasado tanto tiempo desde que Doble Play comenzó a sonar como un extraño programa con nombre deportivo, que saltaba de un tema a otro, metiéndose en las casas sin permiso y formando parte de las tertulias familiares.

Han pasado 38 años desde ese primer ruido, un poco tímido, hasta hoy, encontrando refugio en Radio Católica después de un tránsito de 19 años en La Primerísima. Antes, con paradas en Radio Ya, Radio 800 y Radio 580.

Fue una tarde del mes de octubre de 1980, cuando en una reunión de cinco minutos con Carlos Guadamuz en La Voz de Nicaragua, le dimos forma al programa Doble Play, fijando su inicio para el 2 de enero de 1981, no pensé que llegará a caminar tan largo como para estar todavía, 33 años después, en pie de lucha, haciendo bulla.

¿Cómo llamar la atención?

“Hay que hacer un programa diferente a todos los de deportes”, me dijo Guadamuz, con quien cultivé una amistad desde la época de estudiantes, aunque él era alumno del Bautista y yo del Goyena. Le hablé de los temas cotidianos, de comentar lo que estaba ocurriendo en el país y mezclarlo con lo deportivo utilizando la picardía, incursionando en lo político sin pinzas.

Yo tenía experiencia en eso por haber estado manejando 2 años el periódico clandestino de la GPP, “Trinchera”. Se trataba de llamar la atención, saltando del juego de anoche al costo de los alimentos, la vigilancia revolucionaria, el trabajo voluntario, la telenovela del momento y armar discusiones sobre hechos históricos deportivos con el agregado de entrevistas.

El programa, con nombre deportivo, específicamente de beisbol, nunca lo fue del todo, y al carecer de agenda, erosionaba constantemente por el estallido de lo imprevisible. Así comenzó, así creció, así se popularizó, y así sigue siendo Doble Play.

Un programa que da la impresión de no tener pies ni cabeza. O mejor dicho, próximo a un rompecabezas. Tan es así que, como siempre ha ocurrido, ninguno de los que lo hacemos, sabemos que es lo que vamos a entregar a lo largo de dos horas diarias, simplemente tomamos los temas que saltan al tapete y los abordamos. 

Programa abierto, sin muros

He vivido apegado a una frase de Bernard Shaw: “La mejor manera de decir la verdad, es bromeando”. Eso ha sido la esencia de Doble Play, un programa en el que la llegada de un nuevo Papa al Vaticano se convierte en tema del día, se critica el oportunismo de políticos o la mala gestión gubernamental en algunos aspectos, y súbitamente se desplaza hacia la lucha por el liderato de bateo, o quién ganará el Balón de oro, para regresar a hechos tan estremecedores, como esta batalla heroica que está librando el sector mayoritario del pueblo por un país para todos. Un viejo compromiso que nos obliga a no flaquear.

Seleccioné en 1981 a Enrique Armas como mi compañero de batería cuando Doble Play comenzó, porque lo conocía bien desde que lo llevé a La Prensa y lo hice trabajar conmigo en el Instituto de Deportes en 1979. Conocía su capacidad y habilidad, y estuvimos juntos hasta que decidió poner en marcha su propio y exitoso proyecto.

Ahora, después de varias combinaciones con compañeros talentosos y de gran utilidad, me acompañan desde hace largo rato, René Pineda, un estupendo analista, y Miguel Mendoza, un cazanoticias que pone el dedo en la llaga sin inhibiciones, agregando los aportes recientes de Camilo Velásquez y el joven Germán García, un vaticinio seguro que llegará a convertirse en el mejor cronista deportivo pinolero. Pienso, a mis 75 años, que es la mejor versión del programa que se ha entregado.

¿Llegará Doble Play a los 40 años? 

A eso no se le puede poner sello, pero ¡ojalá!, y poder escribir mi último libro sobre su historia con el título “¡Pónganle sello!”. Por ahora ese 2 de enero del 2021, es tan imprevisible como el programa que no envejece.