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Muchas veces, los sueños reciben un golpe en la mandíbula y parecen derrumbarse como Alí ante Frazier en 1971. Es el momento en que verdaderamente te sometes a prueba, cuando te envían a la lona y eres capaz de levantarte e imponerte.

Asunto de carácter diría mi abuelo, siempre y cuando tengas las facultades necesarias para lograrlo. Es lo que ocurrió con Mariano Rivera, después de un debut inesperadamente caótico cuando fue llamado por los Yanquis en 1995, solo para ser devuelto rápidamente al Columbus junto con Derek Jeter, quien bateó y fildeó poco en esos mismos días. La gerencia del equipo sabía que ambos regresarían, sin vaticinar que se convertirían en superastros, capaces de iluminar Times Square, en caso de fallar la energía.

El codo frena proyección

Relata Wayne Coffey en su libro “El cerrador”, que en 1991, Mariano mejoró como lanzador, se casó con Clara la novia de siempre, y aprendió inglés, pero el codo empezó a dolerle. En 1992 saltó a Clase A cuando todas las miradas, las expectativas y el escenario, eran para Brien Taylor, el zurdo de 1.55 millones de dólares.

“Él es un prodigio y yo un proyecto”, dijo el panameño, pero Taylor se esfumó después de involucrarse en una pelea callejera defendiendo a su hermano, quedando con el hombro deteriorado.

Ni siquiera la cirugía reconstructiva pudo salvar su carrera. En ese 1992 se decide que Rivera sea abridor, y mientras el problema del codo crecía peligrosamente, la velocidad decrecía. Finalmente en un viraje a primera, su codo cruje y el brazo no responde. Suenan los tambores de alarma.

La cirugía es obligada y el Dr. Frank Jobe la realiza el 27 de agosto de 1992, dejando a Rivera fuera de combate hasta el entrenamiento primaveral de 1993. Una vez confirmada su restauración, el panameño es enviado al Greensboro, encontrándose con Derek Jeter, un short stop que se llenaba de errores pero sin provocar preocupación.

En el año 94, Mariano viaja a bordo de un tren bala y pasa de Clase A a Doble A, hasta llegar a los Clippers de Columbus en Triple A, y debuta en esa categoría ponchando a 11 en cinco entradas.

No hay duda, su potencial está en pleno desarrollo y en 1995, recibe la llamada esperada por parte del equipo grande. Llega a Nueva York, golpea las puertas del gran estadio que lo deslumbra al verlo por primera vez, y dice humildemente “yo soy Mariano Rivera”, respondiéndole el portero “lo estábamos esperando”. En el camerino, una placa que dice Rivera en su vestidor, y el uniforme con el número 42.

Un sueño golpeado

Días después, el 23 de mayo de ese 1995, el panameño ve realizarse su largo sueño de debutar en Grandes Ligas contra los Angelinos en Anaheim, reemplazando al abridor lesionado Jimmy Key.

El cácher es Mike Stanley y el pícher contrario, Chuck Finley. Saca los dos primeros outs y enfrenta el primer clavo: hit de Salmon y doble de Chili Davis. Bajo presión, domina a Snow, y después de un segundo inning tranquilo, se ve con las bases llenas y dos outs en el tercero.

Hit de Greg Myers impulsa par de carreras, y en el cuarto, con un out, jonrón de Jim Edmonds con dos circulando estira la ventaja de los Angelinos 5-0. El panameño se siente dentro de un embudo girando hacia el centro de la tierra, mientras Finley poncha a 15 yanquis en ruta hacia una resonante victoria por 10-0. En el corto trayecto de 3 entradas y un tercio, Rivera permitió 5 carreras limpias consecuencia de 8 hits y tres boletos, ponchando a cinco.

Cinco días después, su primer triunfo contra Oakland con salvamento de Wetteland y otras dos aperturas vacilantes soportando 7 y 5 carreras en cuatro entradas y un tercio, indican que todavía le falta.

Es llamado a una reunión para informarle que deberá regresar a los Clippers junto con Jeter, quien reemplazando al lesionado Tony Fernández, apenas bateó para 234 puntos y seguía con problemas en su fildeo. No se fueron parafraseando a McArthur diciendo “Volveremos”, pero sabían que eso era asunto de tiempo para ambos. El balance de 1-2 y ese espantoso 10.20 en efectividad, con los recuerdos de tantos batazos zumbando encima de su cabeza y en busca de todos los rincones, hicieron que durante el amargo viaje a Columbus, sintiera que el codo volvía a dolerle.