Edgard Tijerino
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En una época de campeones poco trascendentes, fugaces en su paso por el trono, mientras viajamos todavía en el coche de la euforia, nos preguntamos: ¿Qué tan durable será la permanencia de José “Quiebra Jícara” Alfaro en la azotea del casillero de las 135 libras?
En 1974, cuando Alexis Argüello terminó con Rubén Olivares en el asalto 13, dos amplios conocedores del boxeo, como lo eran “Sonny” Alarcón y Toño Hernández, de la revista Deporte Ilustrado y el diario deportivo Esto, me dijeron: “Argüello va a ser un campeón de breve estadía”.

Estábamos en el lobby del Hotel Alexandría, en Los Ángeles, y les advertí: Ese que vieron hoy, no es el real Alexis Argüello. Él es mucho más que eso, ya lo verán. Más adelante, cuando volvimos a encontrarnos en la pelea con Salvador Torres, habían cambiado drásticamente de manera de pensar. “Ahora el problema es ¿Cómo sacarlo de ahí?”, me dijo Toño.

Cuando eres joven puedes abrirte paso hacia el futuro a puñetazo limpio, incluso como lo hizo Rocky Marciano, el invicto campeón de peso completo que construyó su reinado a base de poder demoledor, pero sobre ríos de sudor y sangre.

José Alfaro tiene una buena estatura, brazos largos, como remos, dispone de un punch mueve montañas, ha mostrado una llamativa consistencia y es dueño de una vocación ofensiva que le permite sostener presión a ratos agobiante encima del adversario.

Ése es un excelente armamento. No es Alfaro un toletero rudimentario. Tiene un adecuado sentido del tiempo y la distancia, pero carece de precisión en sus ejecuciones y de buen manejo de sus piernas. El sábado dio la impresión de ser propenso a perder la brújula en momentos apropiados para intensificar su dominio.

Tiene el olfato, pero no sabe resolver. Tampoco consigue establecer un ritmo y necesita cultivar astucia, algo que sólo se desarrolla con la experiencia.

Hoy, con un cinturón mundial en su poder, acariciando la gran posibilidad de salir de la pobreza y atrapar un futuro resplandeciente si crece lo suficientemente rápido, debe evolucionar en el aprovechamiento de sus estupendas facultades naturales. En ese empeño tendrá que trabajar todas las horas extras que sean necesarias.

Ricardo Mayorga ofrece un boxeo enmarañado, imprevisible, más violento, difícil de leer; Alfaro, en tanto, es perceptible y entendible, pero se necesita de un rival tan fuerte como él para soportar su presión, aún desordenada, y poder conseguir el atrevimiento requerido para ir a fondo.

¿Qué tan durable será? Eso estará en dependencia del nivel de competencia de los rivales que encontrará en la vuelta de la esquina, de los pequeños progresos que necesita para reducir sus limitaciones obvias y sacarle un mayor provecho a esa agresividad, sin alterar su esencia, y, por supuesto, de los gramos de destreza que se le puedan inyectar.

A trabajar muchacho.