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Uno de los problemas de envejecer es desembocar en lamentos después de haber visto tanto, al comprobar en casos como el de la Serie del Caribe, que los viejos tiempos fueron mejores. Soy enemigo de aterrizar en esa consideración, porque en casi todo, los tiempos actuales superan a los que se desvanecieron. Sin embargo, viendo el reciente torneo regional que ganó Panamá, es irresistible establecer comparaciones.

Como lo hemos señalado, la culpa la tienen los grandes salarios fuera de órbita. Tendría que haber perdido la sensatez un pelotero que ganando tanto tome riesgos innecesarios, compitiendo en una Serie del Caribe. Solo nos quedó la terquedad de los recuerdos que por su grandiosidad se convierten en imperecederos. Ni siquiera el retorno de Cuba al escenario, ahora cojeando no tronando, como lo hacía en aquella primera etapa concluida en 1960, incide en levantar el voltaje de este torneo.

“Es lo que se tiene a mano y debemos resignarnos”, escribió en el diario deportivo “Esto”, hace unos años, cuando la Serie se efectuó en Mazatlan, el recientemente desaparecido Tomás Morales, calificado como uno de los más brillantes cronistas de beisbol que ha producido México, y con quien trabajé aquí en el histórico Mundial de 1972. En esa ocasión, Roberto Alomar era “la joya” del evento, una rareza.

Jugadores de los Toros de Herrera de Panamá celebran tras ganar 3-1 a los Leñadores de las Tunas de Cuba durante la final de la Serie del Caribe. EFE/END

Sintiéndose en Macondo, Tomás recordaba en su columna a Willie Mays en 1955, antes de su gran campaña de 51 jonrones y 127 empujadas con los Gigantes, junto con Roberto Clemente, en el line-up de los Cangrejeros de Santurce, mientras el Almendares de la poderosa liga cubana, contaba con el matapícheres, Rocky Nelson, la sabiduría y destreza del pícher Conrado Marrero, más Wllie Miranda, Joe Hatten, Hector Rodríguez y José Valdivieso. Se trataba de verdaderos trabucos.

Nivel de grandes ligas

El evento fue el escenario de los grandes batazos de Reggie Jackson, del ímpetu de Willard Brown, de las curvas indescifrables lanzadas por Camilo Pascual, de la habilidad en el cajón de bateo de un resuelve ecuaciones como lo fue Rico Carty, del punch erizapelos del boricua Orlando Cepeda o del bateo artístico que desplegaban como si fueran alumnos de Dalí, Chiquitín Cabrera y Rod Carew.

En los años 70, vimos equipos con big leaguers hasta en la banca, como el Licey y el Caguas. El infield de los Dodgers, casi completo con Garvey, Cey y Buckner, en acción y rotaciones con ganadores de 20 juegos. Todavía en los primeros años de esa década, Frank Robinson alcanzó el mayor salario de su vida, 160 mil dólares, nada comparable con lo que recibió Erasmo Ramírez en la pasada temporada, y con el arreglo de Juan Carlos Ramírez con California. Quizás, por su forma de ser, cubanos como Abreu, Gourriel y Puig, por mencionar tres, se sentirían atraídos por  jugar en este torneo regional.

 Jonathan Gálvez de los Toros de Herrera de Panamá en acción contra los Leñadores de las Tunas de Cuba durante la final de la Serie del Caribe. EFE/END

Cuba regresó a esta nueva etapa sin figuras de relieve y se coronó pronto. Hoy el caso de Panamá, imponiéndose en su reaparición casual, grafica la flexibilidad para abrirle espacio a lo inesperado y recibir un impacto que nos emociona, por la incidencia que consiguieron peloteros pinoleros, sobresaliendo Elmer Reyes y Jilton Calderón en una vitrina de mucha utilidad, siendo incluidos en el All Star, como lo fue David Green con los Tigres del Licey en 1985.

Definitivamente, las viejas Series son irrepetibles y no volverán. En otros tiempos, Gleyber Torres, Correa, Andújar, Chapman, Edwin Díaz, Roberto Osuna, José Ramírez, Lindor, Guerrero Jr., se hubieran interesado, pero hoy, ninguno de sus equipos en Las Mayores los autorizaría y tampoco ellos tomarían riesgos. Eso lo aprovechan peloteros de menores proyecciones para mostrarse y consiguen notoriedad.