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Un artista capaz de deslumbrarnos con su gama de habilidades, impactarnos con sus proezas y conmovernos con su espíritu de sacrificio, eso fue Roberto Clemente.

“No pedí ser profeta, tal vez todo sea producto de mi imaginación”, decía Elías. ”Nunca pensé ser tan exigente conmigo mismo, tan eficiente, tan espontáneo, tan útil y tan compenetrado del amor al prójimo como tan ansioso de la grandeza deportiva. No pretendí ser un factor de inspiración, talvez todo sea producto de mi imaginación”, pudo haber dicho Roberto Clemente.

Han pasado 35 años desde su muerte y la leyenda continúa.

Hay una estatua a Clemente en Pittsburgh, que es en cierta forma un espejo en el cual todos deberíamos mirarnos, intentando seguir sus huellas, tomar su ejemplo, valorar su entrega, admirar su voluntad ardiente y su empeño inclaudicable.

Pero somos muy poca cosa para eso, algo próximos al polvo. Cierto, lo admiramos, incluso podemos avergonzarnos de no poder ser como él, pero nos resignamos mansamente.

Aquel amanecer del primero de enero del 73, mientras tratábamos de emerger de entre los escombros del terremoto, nuestros corazones rotos sangraron más al conocer la noticia de su muerte, justamente involucrado en la misión de traernos ayuda, retando el riesgo de un avión viejo y en un época como ésta, cuando la celebración de fin de año y el marco de comodidades le hacía señas.

¿Cuántos de nosotros seríamos capaces de hacer eso? ¿Qué otro súper-estrella tomaría esa decisión?
“No vayas Roberto”, le dijeron, y él respondió: “Iré…Si vas a morir, morirás”. Así era de sencillo, pero al mismo tiempo grandioso. Qué pequeños somos y que grandes podemos llegar a ser. Todo depende de la actitud, de la misión, del sacrificio.

El hit 3001 de Clemente, ese que nunca apareció en los box scores, fue el más significativo en su vida, el que lo dimensionó correctamente, porque lo mostró de cuerpo entero como un ser humano de enorme sensibilidad y determinación a prueba de balas.

En su muerte, víctima de un golpe traidor o de una burla cruel del destino, Clemente nos enseñó mucho acerca de la vida.

Años atrás, en 1965, Roberto comenzó a imaginar el proyecto de una Ciudad Deportiva en San Juan, para aprovechamiento de una niñez acorralada por la pobreza, desprovista de protección y con esperanzas muy estrechas. En 1971, en un discurso en Houston, dijo: “Si tienen una oportunidad de hacer mejor las cosas y no lo hacen, están desperdiciando su tiempo en esta tierra”... Nada que ver con los políticos. Él fue coherente con su discurso, y lo demostró hasta el último instante.

“Es difícil pensar en una situación del juego que me obligue a enviar al sacrificio a Roberto Clemente”, dijo Bill Virdon, el manager de los Piratas, y fue el mismo Roberto, un 31 de diciembre, quien decidió tocar la pelota para sacrificarse en beneficio de sus semejantes, colocando sobre el tapete su amor al prójimo.

Han pasado 35 años y la leyenda continúa. Clemente inspira aún después de su muerte. Ése es, sin duda alguna, un certificado de su grandeza.


dplay@ibw.com.ni