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No hay que perderlo de vista en ningún instante. Su capacidad para incidir, colocada nuevamente sobre el tapete ayer en Roma, fue clave para el dominio del juego, el buen manejo del balón, el ordenamiento de las ideas y la facilidad para crear, mostrada por el Barcelona frente al Manchester, logrando desarticularlo.

Usualmente, cuando se habla de Xavi Hernández, o simplemente Xavi, hay que hacerlo en términos superlativos, porque a eso nos obliga con sus permanentes ejecutorias. El formidable centrocampista fue la figura cumbre del juego final de la Champions 2008-2009.

¿Mejor que Messi? ¡Sí! ¿Mejor que Iniesta? ¡Sí! Mejor que cualquier otro que se nos ocurra.

Fue Xavi ayer quien una vez más decidía qué tenía que hacerse, con ese fútbol cargado de sutileza, firmeza y seguridad, que sabe manejar tan diestramente como un pintor su pincel sobre el lienzo en busca de lo magistral.

¿Quién inició la combinación con Iniesta que desembocó en el pase a Eto’o para el primer gol? ¿Quién colocó una pelota en la cabeza de Puyol para una atajada meritoria de Van Der Sar, y más tarde le hizo una entrega inmediata por abajo al mismo Puyol con sello de gol, malograda a quemarropa? ¿Quién ejecutó con frialdad y maestría ese tiro libre que ignoró la barrera y pegó en el poste izquierdo de la cabaña del Manchester? ¿Quién realizó ese centro, que pareció ser elaborado en una mesa de ingeniería, hasta la cabeza del destapado Lionel Messi, haciéndolo lucir más grande, consiguiendo el segundo gol? ¿Quién desvanecía iniciativas y fabricaba peligro con una frecuencia admirable?
Xavi, ¿quién otro?
En un juego interesante por su planteamiento, con el inspirado Barcelona estableciéndose en los diferentes sectores sin mostrar fallas y mereciendo más, la figura de Xavi se elevó por encima del resto, iluminando Roma con la versatilidad de su fútbol.


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