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El destino juega caprichosamente las cartas. En septiembre de 1972, mientras la temporada se agotaba, Roberto Clemente buscaba su hit 3000...¿Quién iba a decirle que sería el último en su fulgurante carrera?
Esa tarde del 30 de septiembre, con el doble frente al zurdo John Matlack, de los Mets, Clemente, gritando como Arquímedes “¡Eureka!, ¡Eureka!”, se unió a sus viejos rivales, Henry Aaron y Willie Mays, en el club de bateadores de 3000 hits.

Semanas después, la muerte le envió un slider indescifrable.

“Roberto estaba molesto porque el día anterior había sido víctima de un mal fallo del anotador, quitándole un legítimo hit”, me relata Felo Ramírez, quien estaba ahí, en el Estadio “Tres Ríos”, persiguiendo el 3000 de Clemente.

“Fue un batazo brincador contra Tom Seaver que se le complicó al segunda base Ken Boswell, y el anotador se tardó en dar a conocer su decisión. Casi 24 mil aficionados lamentaron que se decretara error”, comentó hace unos 20 años el locutor del Salón de la Fama en uno de tantos diálogos que hemos sostenido.

Pero quedaba un juego todavía, el último, y Clemente pretendía concretar la proeza...Falló en su primer turno y regresó contra Matlack en el cuarto inning...Una bola rápida y un swing violento y preciso produjeron ese doblete al left center que le arrancó un aullido a la multitud y levantó la estructura del estadio unas cuantas pulgadas.

El número 3000 se encendió en toda la pizarra y el árbitro Doug Harvey le dio la pelota de recuerdo a Clemente.

Fue mejor de esa forma, porque no quedó la menor duda. Nadie se acordó en ese instante, del batazo hacia Boswell 24 horas antes. Ahora Clemente era apenas el bateador número 11 de 3000 hits.

Previamente, Ty Cobb, Tris Speakers, Honus Wagner, Eddie Collins, Napoleón Lajoie, Paul Wagner, Stan Musial, Cap Anson, Hank Aaron y Willie Mays habían llegado a la cifra que identificaba a la aristocracia en el cajón de bateo.