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Parecía que sería otra gran noche de Cristiano Ronaldo, cuando hizo valer su impresionante potencia física y hambre de gol con tres disparos en los primeros minutos. Convertido en llama, se pensó que ¿cómo apagarlo?, provocaría muchos dolores de cabeza.

Mientras tanto, Lionel Messi deambulaba por ahí, sin la pelota, sin asociarse, sin existir. Pero después del gol de Eto’o, la agresividad de Cristiano comenzó a esfumarse, y Messi, que puede no aparecer un buen rato, pero todos sabemos que anda con su genialidad en el bolsillo, fue tomando forma y creciendo como amenaza.

El gol de cabeza del argentino, mata-ilusiones para el Manchester, su aporte combinativo, sus entradas, su movimiento sin balón, el aprovechamiento de espacios, le permitió, sin conseguir alcanzar su más alto nivel, mostrarse superior como factor y como jugador, a Cristiano Ronaldo.

La triple conquista del Barcelona, los nueve goles en la Champions, su presencia, su espectacularidad, hacen pensar que tiene el balón de oro y el premio de la FIFA en sus bolsillos.

Quizás, si Cristiano tuviera la sencillez de Messi para no desequilibrarse emocionalmente, no sería atrapado por esa egolatría a veces incontrolable, podría absorber la adversidad y golpearla, pero carece de la paciencia y la humildad, que llevaron a Pelé a la cima del mundo.