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La superioridad de La Premier inglesa como liga queda graficada con la presencia de sus cuatro mejores equipos en las esferas del mayor nivel de competencia en el fútbol mundial, así que no ha sido sorprendente ver en cuartos de final a los cuatro equipos de esa liga que participan en la Champions, tres de ellos metiendo sus narices en semifinales con autoridad.

Se necesita ser un súper-equipo, con más clase y pegada que ese cuarteto infernal, para poder sobrevivir a las emboscadas, imponerse con un fútbol fluido, creativo y destructivo, y coronarse mostrando esplendor sobre la hierba. Exactamente eso es el actual Barcelona, resplandeciente, obligando a volcar tanta admiración encima de sus ejecutorias, que se le considera el mejor del planeta.

No se admite la menor duda sobre el poder, profundidad y solidez del Manchester. Superó al temible Liverpool de Steven Gerrard en la lucha por el banderín de La Premier; pasó encima del Arsenal en las semifinales de la Champions; estaba invicto en el repaso de todas las etapas clasificatorias permitiendo sólo seis goles en 12 juegos; y para el partido más importante del año, sin contar con Fletcher, tenía en el banco a Tévez, Berbatov y Scholes.

Después de diez minutos, el Manchester fue borrándose frente al crecido Barcelona, que obvió la falta de tres pilares fundamentales en la defensa, para cerrar puertas, apretar tuercas, quitar espacios, apoderarse del balón, imponer sus ideas y dejar sin goles al campeón de La Premier y defensor del título en la Champions.

Amordazado por un Chelsea estrangulador, golpeado por un gol imposible de Essien, el Barcelona mostró su temple y grandeza con la clase de Messi y la pegada de Iniesta, evitando ser decapitado en semifinales. Su avance se consideró justo porque fue mejor que el Chelsea en atrevimiento, realización y agallas.

No importa que el rival hubiera sido el Liverpool o el Arsenal, este Barcelona, que entregó al sublíder de su Liga, el Real Madrid, brutalmente masticado, es capaz de cualquier proeza, y frente al Bayern alemán, en el primer juego, dejó sentada una superioridad aplastante exhibiendo su capacidad de agresión.

La más desequilibrante y mortífera línea de fuego es la que forman atacantes de diferentes características que funcionan con una sincronización estupenda, como Henry, Eto’o y Messi. Con ellos, Napoleón no hubiese regresado derrotado de Moscú.

Esa pareja de centrocampistas, Xavi e Iniesta, admite comparación con cualquiera de las grandes combinaciones que ustedes pueden haber visto. Su velocidad mental y de ejecución, la solidez en la gestión de contención y su habilidad para tejer jugadas de proyección, son sencillamente extraordinarias. Agreguen el aporte de Touré Yaya.

Finalmente, sin entrar en discusión sobre la utilidad de Valdés, quien supo responder frente a las exigencias, esa defensa que reúne a Puyol, Rafa Márquez, Alves y Abidal, con Piqué siempre listo, hubiera sido capaz de frenar a las tropas de Julio César o de Alejandro.

¿Se necesita algo más? Ahí están Bojan, Keita, Hleb, Busquets, Sylvinho, Cáceres, Gudjohnsen. ¡Diablos!, Barcelona, es un súper-equipo.


dplay@ibw.com.ni