•   Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Hace calor. Pasan las 3:00 p.m. y en el gimnasio de combate del Instituto Nicaragüense de Deportes (IND) la selección de boxeo de Nicaragua está en plena faena de entrenamiento. Todos sudan a mares.

Sobre los tres cuadriláteros ubicados en la instalación para los entrenamientos aparecen distribuidos los 15 peleadores del plantel nacional. Tiran golpes al aire y se mueven simulando la batalla que se les viene en el Clasificatorio de Boxeo Panamericano, programado en suelo pinolero, del 2 al 11 abril.

Sentado en una de las esquinas de uno de los cuadriláteros está un niño que no aparta los ojos del ring, siguiendo con especial atención los movimientos de una de las boxeadoras, cuyo nombre es Fredly Gabriela Ramírez Gutiérrez.

El pequeño que la observa casi sin parpadear es su hijo, Steven Alexander Narváez Ramírez, de 6 años.

Fredly es una de las cinco integrantes femeninas del plantel nacional que buscará boleto a los Juegos Panamericanos de Lima 2019, en la categoría de los 75 kilogramos.

Esta joven originaria de Jinotepe, cabecera departamental de Carazo, se define como una guerrera y, en todos los sentidos, lo es.

De ella se sabe que integró por primera vez la Selección de Boxeo en 2017 y tiene su segunda participación en este 2019.

Lo que muy pocos conocen es la dura vida de Fredly. Por necesidad vendió pan y cajetas por las calles de su ciudad natal, Jinotepe, para ayudar a su familia; estudió la carrera técnica de Laboratorio, no tuvo la suerte de encontrar trabajo, en parte por los obstáculos surgidos antes y después de su embarazo. 

Aunque la vida se esmeró en castigarla con combinaciones de golpes que a cualquiera hubiera noqueado, Fredly siguió para ofrecerle un mejor futuro a su hijo.

De tal manera que tomó las oportunidades de trabajo que se le presentaron y fue así que durante un tiempo laboró como ayudante de albañil y también como empleada doméstica, hasta que, gracias al boxeo, terminó trabajando como guarda de seguridad en la Alcaldía de su ciudad natal.

A golpe de calcetín

El amor por el boxeo, según cuenta, lo ha sentido desde la infancia, gracias a unos juegos infantiles que su papá organizaba con sus seis hermanos, tres varones y tres mujeres.

De ese grupo, solo esta joven retomó el camino del boxeo, aunque su hermana menor terminó practicando lucha y uno de sus hermanos está en las artes marciales mixtas.

“Como en mi familia no teníamos la posibilidad para comprar guantes de boxeo, mi papá nos amarraba calcetines en las manos, a ese juego le decíamos peleas callejeras. De ahí nació mi interés por el boxeo”, recuerda Fredly.

En 2015, un año después del nacimiento de su hijo, esta joven decidió volver al boxeo, movida por la pasión y la necesidad. Dice que fue un proceso difícil, sobre todo por las constantes críticas que muchos le hacían por su condición de mujer y madre.

A pesar de eso, resurgió en la Copa Alexis Argüello, y ese mismo año decidió entregarse de lleno al “deporte de las narices chatas y las orejas de coliflor”.

“Ya tenía a mi niño cuando comencé a entrenar boxeo de lleno. Recibí muchas críticas y todavía las recibo, dicen que nada estoy haciendo en este deporte y que mejor debería dedicarme a cuidar a mi hijo. Recuerdo también que mis compañeros se burlaban de mí porque estaba muy gordita cuando empecé, y fue entonces que tuve que bajar en tres meses, de 191 libras a 141 (64 kilos) para poder pelear en la Copa Alexis Argüello, en la que debuté en el 2015. No voy a decir que era buena y que gané muchos combates en esa ocasión, pero el interés y el amor que yo le ponía a las peleas eran únicos”.

Según cuenta Fredly, su primer entrenador fue Daniel Monje, en Jinotepe, pero al poco tiempo decidió ir a entrenar a Diriamba con Walter Palacios, “porque quería escalar en el boxeo, fue así como logré llegar hasta la Selección, en el 2017”.

Fredly combate en la Copa Alexis con el equipo Cacique Diriangén, es de guardia zurda y sobre su estilo de boxeo, esta joven de 25 años afirma: “Me gusta fajarme, me gusta golpear mucho a mi rival, sé que es importante moverse en el ring, pero la fuerza y las ganas de ganar se ven en el intercambio de golpes”.

En este sentido, Pedro Nieves, entrenador cubano de la selección nicaragüense de boxeo, manifiesta que “Fredly es una boxeadora experimentada. Es una atleta que la habíamos perdido un año por su trabajo, pero la volvimos a rescatar, ella es muy fuerte sobre el cuadrilátero”.

Para Fredly, su torneo internacional de mayor envergadura con la selección pinolera fue la Copa Carlos Velásquez, en Guatemala, evento en el que logró medalla de oro y un trofeo de segundo lugar con el equipo femenino pinolero en 2017. Ese mismo año estuvo con la tropa nacional en los Juegos Centroamericanos, celebrados en Managua, pero no pudo combatir porque su categoría no reunió la cantidad de participantes necesaria.

“Fredly es una de esas boxeadoras entregadas, activas, ella es brava sobre el cuadrilátero, tanto que da gusto verla pelear”, detalló Keylin Reyes, compañera de esta joven en la selección de boxeo. “En general, Fredly es una atleta dedicada y luchadora, que pese a las dificultades que ha tenido sigue adelante por su hijo”, detalló Keylin.

“No es fácil ser boxeadora y madre”, dice por su parte Darwin Rodríguez, compañero de Fredly en la selección de boxeo. “Fredly, a pesar de los problemas que ha tenido, sigue adelante por su hijo, ella es guarda de seguridad y una mejor emprendedora”, agrega.

Con la guardia siempre en alto

A lo largo de su vida, no solo el boxeo se ha encargado de poner a prueba la resistencia y determinación de Fredly. Desde pequeña tuvo que salir a vender pan y cajetas, hechas por su mamá, por las calles de Jinotepe. “Debo decir que el pan que hacía mi mamá es uno de los más ricos que he probado (sonríe)”, afirma la pugilista, de 25 años de edad.

El deseo de superación siempre ha estado presente en Fredly, impulsándola a dar más dentro y fuera de los cuadriláteros, esquivando esos golpes que el destino se empeña en enviarle de forma constante y contragolpeando con la ferocidad que ella pone en cada una de sus peleas en el ring. 

“La Federación Nicaragüense de Boxeo Aficionado (Feniboxa) me dio una carta en la que hacía constar que fui la segunda mejor atleta del boxeo aficionado femenino en el 2017, con ella me presenté en la Alcaldía de Jinotepe, hablé con el alcalde, Mariano Madrigal, y así logré mi trabajo actual como guarda de seguridad”, confesó esta joven.

“En mi primer turno casi lloro, nunca había estado cuidando un lugar a oscuras, porque tenía que apagar las luces por seguridad. No tengo armas, pero gracias a Dios sé boxeo (ríe)”, afirma Fredly, quien hace turnos de 24 horas y descansa 72, lo que le permite seguir entrenando.

Esto de la dificultad para encontrar trabajo no es porque Fredly se haya quedado con los  brazos cruzados en cuanto a preparación profesional se refiere, sino que de alguna forma la fortuna no ha estado de su lado.

“Tengo un título técnico en laboratorio, también completé un curso técnico en estilismo, y en 2018 quise sacar el técnico en enfermería, pero no se pudo. No es que no haya intentado trabajar en lo que estudié, sino que he tenido mala suerte. Cuando estaba por terminar mi carrera salí embarazada y las cosas empezaron a complicarse. Ya no tenía para la mensualidad, ni para las prácticas de la carrera. Recuerdo que a la universidad viajaba en bicicleta con todo y la panza, pues no tenía para el pesaje del bus. Pese a todas las dificultades seguía adelante, pensando en el futuro de mi hijo.

Su principal admirador

Hace seis meses, Fredly decidió terminar la relación sentimental que tenía con el papá de su hijo, aunque esa parte de su vida se escribió cuando ella estaba ya reconcentrada con la selección de boxeo.

“Yo decidí terminar la relación con mi pareja porque no tenía apoyo de él. Además, siempre me ha gustado ganarme mi dinero para no depender de nadie, así que tomé la decisión de seguir mi vida sola con mi hijo”, dice la boxeadora.

“Cuando el niño ya tenía 1 año, yo todavía salía a vender pan. Después fui ayudante de albañil con mi papá, que es maestro de obra. Luego me dieron la oportunidad de trabajar como doméstica y con el fruto de mi trabajo logré mantener a mi hijo. Nunca olvido que cuando comencé a entrenar boxeo tenía que cargar con mi muchachito, porque no tenía nadie que me lo cuidara. Lo hacía porque me interesaba estar en el boxeo, pues me daban algo (ayuda económica). Mi hijo, mi trabajo y el boxeo son lo único que tengo”, confiesa Fredly.

La joven boxeadora tiene un admirador que no se pierde ninguno de sus entrenamientos. Es su hijo, por quien daría hasta la vida.

“Gracias a Dios, mis compañeros en la selección y la Federación de Boxeo me han apoyado, para que el niño esté aquí (campamento) conmigo. En cuanto termine con la selección, mi hijo retomará sus clases”, comenta Fredly.

A Steven se le ve animado junto a su mamá. Es más, durante los entrenamientos de la selección, de vez en cuando, sube al cuadrilátero junto a su progenitora para imitar sus movimientos. Según Fredly, entre juego y juego, el sueño de su hijo es darle a ella un mejor porvenir, por lo que ya aspira a ser campeón mundial de boxeo.

Mientras eso ocurre,  Fredly se entrega de lleno a su preparación, con la mirada puesta en forjar una actuación que le permita conseguir un boleto a los Juegos Panamericanos, que a su vez sería un boleto hacia un futuro mejor para ella y su hijo.