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ELPAIS.com

Hay dos tenistas suecos que han hecho historia en Roland Garros. El primero es Björn Borg, el máximo campeón del torneo parisino con seis títulos, cuatro de ellos consecutivos. El segundo se llama Robin Soderling (número 25 del mundo en la actualidad), el único tenista sobre la faz de la tierra batida capaz de derrotar a Nadal en este Grand Slam. Cuatro años llevaba el tenista de Manacor participando en su torneo fetiche y cuatro años lo había ganado.

De hecho, en la pasada edición cuajó una actuación ejemplar y se adjudicó Roland Garros sin haber perdido ni un solo set. Este año ha perdido tres, los tres ante Soderling, en una jornada aciaga en la que el emperador de París ha cedido su cetro a favor del mejor postor, a falta de una semana para que finalice el torneo.

El sueco fue mejor y venció a Nadal en cuatro sets (6-2 6-7 6-4 7-6) durante tres horas y media de partido. Las opciones del número uno del mundo se limitaron al tie break. Ganó el segundo set mediante esta suerte y tuvo la opción de repetir el patrón en el cuarto, pero acabó sucumbiendo debido a una serie de fallos inusuales en la raqueta de Nadal y a la contundencia de Soderling.

El público de París, cansado del monopolio que venía ejerciendo Nadal sobre su torneo, se emocionó con la idea de descubrir a alguien capaz de vetar al tenista español. La grada se puso de lado del sueco y comenzó a corear su nombre como si de un héroe se tratase.

El ambiente caldeado se sumó a la animadversión que Nadal y Soderling sienten el uno por el otro y el partido se convirtió en una cuestión de principios. En una ocasión el de Manacor había dicho que Soderling sería el último tenista del circuito con el que formaría pareja para un partido de dobles. Por la misma razón, perder la invulnerabilidad sobre la tierra francesa sería una decepción mayor si el verdugo fuera precisamente el jugador sueco.

La peor pesadilla de Nadal se consumó cuando mandó fuera su último lanzamiento, con 6-2 en el tie break del cuarto set. Los rivales se acercaron a la red y se dieron un saludo respetuoso ante la perplejidad del público, que tenía que frotarse los ojos para creer lo que estaba viendo. El número uno del mundo ya lo había avisado, “algún día perderé”, pero no esperaba que fuese ante Soderling ni en octavos de final de un Grand Slam.