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Lo que ha llegado a ser Enrique Armas, una figura indiscutida de nuestra locución deportiva, una referencia para las nuevas generaciones en proyección, le ha permitido golpear en este 2019 las puertas del Salón de la Fama de nuestro deporte. Él está listo, a la orilla de su conocido ego de innecesario cultivo, a veces del tamaño de una montaña, para ingresar en la promoción del próximo sábado. Nació bien despierto y reclamando un micrófono. Dicen que tiene grabados sus primeros ruidos y lo creo. Habrá que preguntarle a doña Mireya, su madre, porque don Enrique, tan paciente y tan distinto a él, ya no se encuentra entre nosotros, y lo estará viendo desde algún lado. De él he escrito tantas líneas, que es inevitable ser repetitivo. 

Lo conocí en 1977. Era un niño todavía con apenas 15 años. Comenzaba a correr en busca del futuro, mostrando una mirada inquieta y una exuberante confianza en su talento, su voluntad y su crecimiento. Ya hubiera querido ser yo un chavalo como él. Se dejó atrapar muy temprano por el poder de la vocación y decidió incursionar atrevidamente en el periodismo deportivo, sin haber estudiado para eso…¿Quién es? me preguntó Carlos Guadamuz cuando le dije que lo había seleccionado para poner en marcha Doble Play el 2 de enero de 1981. Casi lo mismo que me había preguntado Juan Navarro -a quién capturé en 1975- cuando me aparecí con el chavalo en La Prensa. 

¿De dónde lo sacaste? Era fácil captar su potencial. Esa chispa que lo ha identificado desde la cuna, saltaba a la vista y tenía como agregado esa ansiedad por establecerse, lo más rápido posible y sobresalir.

Una fórmula sencilla. Han pasado 42 años desde sus primeros pasos y llegó a prevalecer con una fórmula sencilla: habilidad y amenidad para graficar lo que ve, estableciendo una precisa conexión con el público. Eso, agregado a su astucia para manejar temas polémicos o fabricarlos, lo hizo crecer rápidamente. Estoy seguro que pudo ser mejor, pero su incursión en la política lo afectó en su desarrollo, desviando su concentración, al compartirla con otras tareas. Eso sí, como trabajador incansable en el periodismo deportivo se convirtió en un experto en saltar obstáculos. Su programa Play Off pica y se extiende. Una vez me preguntaron ¿qué es lo mejor de Enrique?, respondí de inmediato con la propiedad del compañero de trabajo de largo rato: su facilidad para improvisar, sus recursos para atrapar la atención, su memoria como base de datos y su aptitud para trenzarse en discusiones y repercutir.

Hay casualidades de casualidades. Enrique va a entrar al Salón junto con María Antonieta Ocón, la madre de sus dos hijos mayores, Tony y Carolina. También la conocí muy jovencita, antes de enredarse con Enrique. Una fondista que vino desde Matagalpa en busca de hacer historia, con mirada tímida, muy callada, pero capaz de derrochar esfuerzos y cobijada por una humildad congénita. En los Juegos Centroamericanos y del Caribe de 1982 en Cuba, le pareció estar descubriendo el mundo. Su destaque en casa y en la región la hizo notoria. Finalmente desembocó en la dirigencia del atletismo y más adelante se abrió espacio en el Comité Olímpico Nacional. “Puede llegar a la presidencia de este organismo. Tiene todo lo que se necesita”, me dijo en el inicio de 2018 Emmett Lang, el actual titular…Saliendo ilesos de ese primer round sentimental, ellos se llevan bien. El único inconveniente es que Antonieta se está restableciendo de un problema de salud. Así que la foto del sábado podría quedar pendiente.