•   Estados Unidos  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Matar al Barsa. Pienso que jugadores y seguidores del equipo azulgrana, solo lograron abrir sus ojos por completo, cuando su equipo ya era un cadáver, mientras el Liverpool festejaba la proeza de una resurrección, casi tan enloquecedora y merecedoramente como lo hizo en el 2005 contra el Milán, transformando en una final, aquel 0-3 adverso del primer tiempo, que parecía haberlo sepultado. Vi el partido del martes en el aeropuerto de Phoenix, de pie, esperando un vuelo de cinco horas hacia Miami y me resultaba difícil de creer. En el programa Doble Play, después que el equipo azulgrana triunfó 3-0 aprovechando no su colectividad, sino uno de los alardes de Messi, consideré viable que ese Liverpool de la primera batalla, podría hacer reversible ese marcador por su forma de presionar con velocidad, destreza, posesión del balón, defensa tan mordedora, hambre de remontada, y sobre todo, lo que Klopp resaltaba, ese corazón inmenso para fajarse. 

Pobre imaginación . Sin embargo, cuando se confirmaron las ausencias de Salah, Firmino y Keita, mas las dudas sobre la presencia de Van Dijk, ese formidable central, el señalamiento de tal posibilidad se debilitó. Pensé que no había manera de evitar que el Barcelona marcara un gol, lo que obligaba al Liverpool a conseguir cinco para registrar la hazaña, algo inverosímil, quizás absurdo aún tratándose de deportes. No, a veces ¡qué pobre es nuestra imaginación! Ahora creo que si este Liverpool lo ha necesitado, lo hubiera hecho, contra ese Barcelona falto de ideas, trabado en el medio campo, propenso a la pérdida de pelotas y con Messi bien custodiado, rebotando constantemente en sus pretensiones ofensivas. El mejor jugador del mundo dispuso de cinco oportunidades y se fue en blanco: una por la izquierda, con potente disparo en busca de la escuadra que Allison manoteó a tiempo; otra por la derecha, recibiendo apropiadamente y disparando bloqueado por el arquero;  el tiro libre contra la barrera y dos zurdazos de
sde fuera del área junto al poste derecho. 

Estocada mortal. Antes del gol de Origi, en el minuto 6, después de una entrega equivocada de Jordi y una atajada de Ter Stegen, con aparición del delantero emergente, todo parecía tan claro y tan tranquilo para el Barcelona, que esa estocada no era para preocuparse. El Liverpool siguió mandando y el equipo de Valverde resistiendo, y el primer tiempo terminó 1-0. ¿Regresarían los catalanes del camerino a fajarse tan bravamente como lo hicieron en el Camp Nou? La entrada de Wijnaldum, con sus goles a los 53 y 55 minutos, el último con un nítido trazado de cabeza hacia la esquina superior izquierda estableciendo el 3-0, clavó astillas en el alma del Barsa. Y finalmente, entre un aturdimiento total, con Ter Stegen intentando acomodar a la defensa, Jordi de espaldas a la esquina del corner por ejecutarse y el resto sin saber qué hacer entre la nada, sin reparar en la presencia de Origi, la reacción rápida y astuta de Arnold, enviando con potencia ese centro bajo que Origi remata para el 4-0 en el minuto 78. Fue como matar a un muerto. 

Desastre apocalíptico. La búsqueda desesperada del gol salvador fue inútil. Una y otra vez los intentos del Barsa  fueron destrozados por una defensa firme y aplicada cerrando espacios, apretando tuercas en las marcas, atentos para anticipar, cuidando el botín como bulldogs implacables. No hubo forma y lo que parecía imposible, matar al Barcelona con ventaja de tres goles en el primer duelo, como el año pasado en Roma, volvió a ocurrir. ¿Tendrán los azulgrana una vaga inconsciencia de su desastre apocalíptico? ¡Cuánta razón tuvo Messi al clavar su cabeza en el piso después que Dembélé malogró la posibilidad dibujada del cuarto gol en la primera batalla! El dolor de cabeza de Valverde al ver esfumarse la opción de una sexta Champions, llenaba toda la cancha. Sigo preguntándome ¿Cómo fue posible?