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No era un deleite ver lanzar a Diego Ráudez, pero sí emocionante, por su forma de fajarse. El gesto duro, casi gruñente; la mirada firme, taladrante; y el uso incansable de ese obediente, efectivo e incansable brazo derecho, lo identificaron en cada momento de su trayectoria como monticulista. Ciertamente, valía la pena comprar el boleto para observarlo…“Estaba en mi charco”, dijo con esa simpleza que siempre lo caracterizó, después de perder frente a Luis Cano aquel duelo de 17 entradas, el 13 de enero de 1983, mientras sacudía su brazo derecho. Ese día —informa Martín Ruiz–, un hit empujador de Tomás Guzmán, decidió a favor de los Dantos una batalla de solo ceros que parecía interminable. Cada uno de los tiradores permitió 4 imparables, sin mirar al bullpen… A ustedes les consta, como diría Carlos Monsivais, el estupendo escritor mexicano, que Diego Ráudez era capaz de caminar entre las brasas en la búsqueda de una victoria con una intensidad contagiosa.

Inmensa confianza

Se inició con el Matagalpa, pero creció y se desarrolló en el Granada, mostrando su utilidad para las exigencias siempre máximas de Heberto Portobanco, extendiendo sus aportes a la Selección Nacional. Su única forma de alardear era su exuberante confianza. Él quería estar siempre en los grandes retos. Por eso fue que en 1986, antes de viajar hacia los Centroamericanos y del Caribe en Santiago de los Caballeros, República Dominicana, escribí que su presencia era necesaria en un inseguro staff de picheo, pese a su registro perdedor. Argumenté que más allá de las cifras, Diego era muy importante, y lo fue. Tuvo que ver en los tres triunfos nicas, derrotando a Dominicana y Colombia, pero falló en el duelo cumbre por la medalla de bronce frente a Puerto Rico. “Soy un desastre”, dijo masticando rabia, quien siendo inaccesible al miedo, nunca utilizó excusas…No sé cómo Heberto supo manejar su difícil temperamento. 

Cifras y recuerdos

Perdió 3-0 víctima de errores un juego sin hit contra el León  en 1983, su gran año, con picheo de 20 ponches en un juego de 9 entradas, total solo superado por los 23 de Steve Brautigham en 10 episodios…¿Cuándo veremos a otro pícher capaz de ponchar a 220 en una temporada? Quizás ustedes tengan tiempo, no yo, envejecido y con poco más que recorrer. En el año de 1985, durante un fantástico relevo de 14 entradas, Ráudez volvió a fajarse con Cano, y como abridor, agregó otra faena de 14 episodios frente al Chinandega en un brazo a brazo con Francisco Centeno…Su balance global fue de 120-119 a lo largo de 1,829 innings, con 1,121 ponches. En 1989 fue utilizado 30 veces como relevista y en cuatro ocasiones fue líder en entradas lanzadas. Falleció a la edad de 54 años, sin imaginar que entraría al Salón Nica en compañía de su hijo, Julio César. Entre tantas valoraciones de excesiva consideración, la de Diego no admite discusión. Lo merece, aunque insista con su clásica respuesta: “No sé”.