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Con gafas de sol y pocas palabras, Wilfredo Blanco se presenta cada día al viejo estadio nacional de beisbol Dennis Martínez, en Managua, escoltado por tres de sus prospectos.

En el estadio, Blanco no toma asiento, sino que permanece de pie clavando la mirada en los adolescentes que entrenan bajo sus órdenes y de quienes espera que firmen con equipos de las Grandes Ligas. 

Este hombre de 64 años, 1.55 metros de estatura y 200 libras, es reconocido como uno de los mejores en su oficio en Nicaragua: desarrollador de prospectos de beisbol. 

Blanco explica su oficio con pocas palabras: Detectar a un talento del beisbol, pulirlo durante tres años con mejores técnicas, buena alimentación, estudios y disciplina, rezar para que no se pierda en el camino y, finalmente, firmarlo con un equipo de las Grandes Ligas. 

En el 2009 logró que el costeño Cheslor Cuthbert se uniera a los Reales de Kansas City por 1.5 millones de dólares y en 2013 hizo que Jesús López y los Atléticos de Oakland pactaran un contrato por 950 mil dólares. 

Se trata de las dos firmas de más alto valor que han logrado peloteros de Nicaragua. 

Durante una década, Blanco ha reclutado aproximadamente diez prospectos, de los cuales siete han firmado contratos con franquicias de las Ligas Mayores. 

“Estos jugadores son como mis hijos”, dice Blanco. La frase es curiosa, pues su único hijo no siguió sus pasos en el beisbol.

“Lo que hago es prácticamente adoptarlos (a los beisbolistas adolescentes), viven conmigo y yo me hago cargo de sus necesidades, porque por lo general son gente pobre. Para llevar adelante este trabajo te tiene que salir del corazón el deseo de cambiarle la vida al niño y enseñarle a ser una persona de bien”, explica Blanco, de voz apagada, pero firme. 

El caso Cuthbert 

La mejor carta que ha tenido Blanco es el costeño Cheslor Cuthbert, quien juega para los Reales de Kansas City. 

“Nunca fui a Corn Island a ver a Cuthbert, sino que un amigo que jugó conmigo en Primera División era también el mejor amigo del papá de Cheslor y fue él quien me lo trajo. A Cheslor yo lo había visto jugar en Guatemala, cuando todavía trabajaba como scout de los Marlins. En esa ocasión le di mi tarjeta a su papá”, recuerda Blanco. 

Cuando se conocieron, el reclutador y el diamante en bruto del beisbol forjaron el dúo más exitoso en este país: Uno elevó su prestigio como desarrollador de talentos en Nicaragua y el otro tocó las puertas del cielo al jugar en las Grandes Ligas. 

Cifras de la oficina de la MLB en Nicaragua indican que del 2012 a la fecha son 56 prospectos pinoleros los que han firmado contratos con organizaciones de las Ligas Mayores.

Las más recientes se produjeron a inicios de julio, con Elián Rayo (Gigantes de San Francisco), Keneth Quintanilla (Piratas de Pittsburgh), Róger Leytón (Reales de Kansas City) y Steven Cruz (Cerveceros de Milwaukee). 

El proceso

La historia se cuenta fácil, pero el camino es difícil, dicen Blanco y uno de sus colegas, Pablo López, otro de los desarrolladores más reconocidos en este país.

López logró que a inicios de julio dos de sus prospectos firmaran contratos con equipos de la Grandes Ligas: Leytón y Quintanilla. 

Los programas de desarrollo de prospectos de Blanco y López son muy parecidos: toman a los talentos a eso de los 13 años y los moldean durante tres años más. 

“En mi caso, uno de los factores que yo tomo en cuenta para escoger a un muchacho e iniciar a prepararlo es que verdaderamente lo necesite, porque eso me asegura que le pondrá empeño y pasión. En un principio trato de tener a estos peloteros unos meses para determinar qué es lo que están buscando y si están dispuestos a luchar”, dice Blanco, quien tiene 30 años de experiencia valorando prospectos, primero como scout de Grandes Ligas y luego como desarrollador de talentos. 

“El primer paso es ubicar al pelotero en la posición en la que puede tener más oportunidad de sobresalir. Por ejemplo, a Cheslor yo lo pasé del jardín central a la tercera base, y a Jesús López lo cambié de segunda hacia el campo corto. La idea es ubicar al muchacho en la posición en la que, por su talento, pueda tener más oportunidades”, agrega. 

Durante los tres años que conviven, el desarrollador pule el talento del joven pelotero, ajusta su mecánica de picheo o bateo, y busca que mejoren en cada una de las herramientas que las organizaciones buscan en los prospectos, precisa Blanco. 

Cuando los peloteros llegan a sus 16 años, se les considera listos para firmar.

 “Viene el proceso de contactar a las organizaciones de Grandes Ligas, que es mucho más sencillo, pues solo se les manda una invitación para que vengan a ver al pelotero. La ventaja que tengo es que yo cuento con muchos contactos, porque antes fui scout de Grandes Ligas por mucho tiempo”, apunta Blanco. 

La inversión

Según Blanco, por cada prospecto reclutado invierte entre 10 mil y 12 mil dólares al año en ropa, estudios, gastos de salud y utilaje.

“Esa inversión se recupera de acuerdo al trato que uno hace con el jugador y del bono que le den por firmar. Por ejemplo, con una firma de 100 mil dólares, uno puede recuperar unos 30 o 35 mil dólares, que al final no es mucho en comparación con la inversión que se hizo. Es por eso que se busca preparar bien al pelotero, para conseguir un bono grande”, explica Blanco. 

Elián Rayo, prospecto nicaragüense. Archivo/END

Pero no solo los desarrolladores como Blanco o López logran firmar a los prospectos. 

Los scouts también hacen lo suyo. Uno de ellos es el exbeisbolista, Sandy Moreno, quien logró que Elián Rayo firmara un contrato de 350 mil dólares con los Gigantes de San Francisco.

La función de los scouts es muy distinta a la de los desarrolladores. 

En la actualidad hay nueve scouts nacionales de organizaciones de Grandes Ligas: Sandy Moreno, de los Gigantes de San Francisco; Rafael Mendoza, de los Medias Rojas de Boston; Domingo Moreno, de los Piratas de Pittsburgh; Edgard Rodríguez, de los Yanquis de Nueva York; Julio Sánchez, de los Diamondbacks de Arizona; Gustavo Martínez, de los Rojos de Cincinnati; Juan López, de Kansas City; Danilo Sotelo, de los Azulejos de Toronto; y Salvador Ayestas, de los Cerveceros de Milwaukee. 

El trabajo de los scouts nacionales radica, sobre todo, en darle seguimiento a los talentos para futuras firmas con organizaciones de Grandes Ligas. 

“Para identificar a estos peloteros uno tiene que moverse a diferentes campos, ligas y ciudades. Es un trabajo en el que se invierte mucho tiempo. Una vez que se identifica a los muchachos, viene el seguimiento. Hay que verlos periódicamente para constatar si han mejorado y con base en el análisis de su evolución se hace un reporte para tratar de convencer a tu jefe, que son los que tienen la última palabra para ratificar o no la firma”, explica Sandy Moreno. 

Un scout, detalla Moreno, analiza si el beisbolista tiene las cinco herramientas: buen brazo, velocidad, poder, fildeo y habilidad de bateo. 

Cheslor Cuthbert se uniÓ a los Reales de Kansas City por 1.5 millones de dólares. Archivo/END

Pero no es todo, porque hay puntos clave e intangibles que pueden marcar el éxito o el fracaso del prospecto. 

“Tomamos muy en cuenta otros factores, como su personalidad, sus costumbres y su inteligencia. Esta es una de las valoraciones más importantes, porque un pelotero puede tener todas las herramientas, pero si su cabeza no está para tomar este reto, difícilmente va a progresar”, sentencia Moreno. 

Amigos

Blanco jugó como lanzador durante ocho temporadas en el beisbol nacional, entre 1974 y 1982, consiguiendo números modestos: 37 victorias y 39 derrotas, con una efectividad de 3.53.

Su talento no estaba dentro del campo, sino fuera, puliendo a los prospectos. 

Dice que tras firmar en las Grandes Ligas, los jóvenes peloteros nunca se apartan por completo de sus maestros. 

“Una vez que termina el proceso con la firma, los peloteros viajan y después regresan a buscarlo (a uno). Nunca se van de forma definitiva. Es más, Cheslor, que es el más viejo de todos, no se ha ido, él siempre regresa”, afirma Blanco.