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La satisfacción está ahí, abrazada con lo sorprendente. Superando inobjetablemente a Colombia 6-0 en una perfecta combinación de esfuerzos, en el montículo con Bucardo, en el cajón de bateo con Allen, Vásquez y Valle, y en la defensa respondiendo a todas las exigencias, la Selección Nacional de béisbol, rodeada de un escepticismo natural por lo recientemente visto, le quitó el bronce a Colombia en forma rotunda. Después de 3 victorias y 3 reveses, la garantía de nuestra presencia histórica quedó concentrada en ese juego por la medalla, y así va a permanecer por los siglos de los siglos, mientras los recuerdos se desvanecen hasta quedar reducidos a una referencia estadística. Ese es el enorme significado de un triunfo en el momento cumbre. Es lo que todos estamos disfrutando, lo que no ocurrió en el 2007 en Río Janeiro, porque ese bronce fue casual: se ganó un juego a Dominicana, y se perdió con Brasil, Estados Unidos y Cuba. No se disputó el bronce con México porque el equipo azteca tenía apuro por regresar a casa, y se decidió entregar dos de bronce. Así que casi sin darnos cuenta, teníamos una medalla en el bolsillo. En Lima fue diferente, se derrotó a Dominicana, Perú y Colombia.

EL RECUERDO DE EDMONTON 1990

Cuando un deporte tan pequeño como el nuestro en lo general, busca una medalla en un nivel tan alto –aunque no tanto como antes como ustedes han comprobado fácilmente-, tal es el de los actuales Panamericanos, y la consigue cuando menos se espera, es natural saltar de la butaca frente al televisor, tan sorprendido como emocionado. El mérito es indiscutible. Los sistemas de competencia determinan los mecanismos que deben seguirse, lo que no es invento nuestro. Te perjudican o te benefician. En el Mundial de 1990 en Edmonton, Osvaldo Gil estaba echando humo porque Puerto Rico ganó su grupo con 5-0, y Nicaragua, igual que Japón y China, triunfó tres veces y perdió dos, detrás del 4-1 de Estados Unidos. Cuando se juntaron en la siguiente etapa Puerto Rico y Nicaragua, quedaron con 2-1, lo mismo que Japón en el Grupo B forzando un triple empate, y aunque Puerto Rico le ganó a Nicaragua, la victoria pinolera sobre Japón 11-4 desató el nudo por diferencia de carreras y dejó a Puerto Rico fuera de la pelea por el oro, pese a su balance de 7-1 por 5-3 de Nicaragua. En ese Mundial, el Seleccionado Nacional terminó como sub-campeón con balance global de 5-5 después de dos derrotas con Cuba disputando el oro.

¿POR QUÉ SORPRENDIDO?

Hay un mérito adicional del equipo que manejó Sandor Guido con tantos factores adversos en contra en Lima, y es haber salido de las cenizas después de dos nocauts consecutivos, para proyectarse tan consistentemente en el duelo por el bronce. Ese equipo que vimos funcionar tan eficazmente, no tenía ningún punto de contacto con el atropellado por Colombia 11-1 y Canadá 10-0, quedando aparentemente deshilachado. Se pensó que en esa situación, recibiendo todavía el conteo de protección, sería casi milagroso que Nicaragua atrapara el bronce, pese a considerar a Colombia, como apunté en la crónica del domingo por la mañana, un adversario de nuestro tamaño, es decir al alcance. El problema era el momento. Se necesitaba juntar alma, colmillos y buen juego para optar a la victoria. ¿Sería posible eso? No creo conseguir una mayoría de votos a favor antes de ponerse en marcha el juego que se ganó 6-0. El jonrón de Allen, fue estimulante, y la arremetida de tres carreras en el tercero, cambió las perspectivas. Con las esperanzas fortaleciéndose con cada cero colgado por Jorge Bucardo, el equipo fue aproximándose a la medalla de bronce, hasta asegurarla. Ya pasó, pero sigo sorprendido.