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Juan Carlos Urbina y Dwight Britton, han compartido la corona de jonrones del actual Pomares. Para ambos, informa Gerald, es su tercer liderato colocando bolas en órbita, y ese registró reactiva la imagen de Ernesto López, siete veces máximo jonronero en el beisbol casero, único con más de 40 en una campaña, dos veces, y último triple corona genuinamente pinolero…Fue en 1971 que comencé a llamarlo en mis crónicas “El Tiburón” Mayor, mientras Pedro Selva atravesaba su época grandiosa conquistando cuatro Tripes Coronas, y arañando una quinta. Más adelante, Ernesto se convirtió en la más grande atracción en las huracanadas temporadas del 77 y el 78. Llegué a tener la impresión que, cada vez que Ernesto entraba al cajón de bateo, el sol iluminaba los estadios...¡Qué espectáculo amigos! Los que no pudieron verlo, no tienen la menor idea de lo que se perdieron. Un empujador constante de 100 carreras; una posibilidad de explosión latente en cada turno...¿Se imaginan eso?.

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Carlos creyó en él

Cierto, eran torneos de más de 100 juegos y el aluminio producía escalofríos en todos los montículos, pero sólo Ernesto, una vez que se desvaneció Selva, logró ese tipo de impacto. Su ingreso a nuestro super-poblado Salón de la Fama, era algo obvio…En 1971, Carlos García lo consideró necesario en la Selección que viajo a Calí, Colombia, para competir en los Panamericanos, lo propuso y lo impuso. Ese fue un tema de discusión con Tony Castaño, quien finalmente le concedió el visto bueno…En el 1972, Ernesto estaba provocando pánico. Con bate de madera, conectó 6 jonrones en menos de dos semanas, y todos saltamos de las butacas atrapados por el asombro. En 1977 y 78, hizo estragos y en 1979, se le presentó la oportunidad de firmar con “Los Amigos” de Miami, un equipo que había asegurado el látigo derecho de Porfirio Altamirano y perseguía a Vicente López…Ernesto sólo pretendía saltar hacia las nubes pero casi sin percatarse, se deslizó hacia abajo brusca e inesperadamente. Afectado por la presión, no logró responder a las expectativas de sus calibradores y fue devuelto a casa, sin tomar un turno oficial, sin recibir un centavo de salario.

Fuera de circulacion

Obviamente quedó “marcado” por aquella regla del aficionismo puro, hoy obsoleta, “todo el que estampe su firma en un contrato, o muestre el deseo de convertirse en profesional, queda inhibido de participar en Torneos Regionales o Mundiales de carácter amateur”. resultó mortal para su futuro. Eso amputó su grandeza porque lo sacó de circulación. En los C.A. y del Caribe de Medellín, previos al Mundial de Italia en 1978, Ernesto aprovechando las dimensiones del parque, disparó 4 jonrones en un juego y 10 en total, dejando un par de récords dificiles de morder. No poder volver a la Selección cortó la inspiración del “Tiburón” por largos años y abrió una serie de interrogantes que se fueron agrandando, entre ellas: ¿qué tanta incidencia hubiera conseguido entre la Copa Intercontinental del 79 y el Mundial de Edmonton en 1990?...Al desaparecer esa posibilidad, se dedicó a combatir la depresión y obviar la pérdida de un dedo en la mano derecha en un accidente, de la única manera que podía hacerlo: tumbando cercas y peleando titulos de bateo en los años 80. Semejantes alardes, hicieron más dolorosa su separación de la Selección, sin embargo, tuvo capacidad y aliento para contruir como adiestrador, el agresivo ataque de 1985.

Un buen ejemplo

Los años y el natural desgaste, le pasaron la factura. Ni siquiera robles como él pueden sostenerse en el cajón de bateo por siempre, y de eso estuvo plenamente consciente, pero, más allá de sus cifras, nos dejó un legado impresionante con su esfuerzo constante, dedicación callada, eficiencia garantizada y comportamiento correcto. Es decir, que se fue, siendo un modelo a prueba para las nuevas generaciones de peloteros. Ernesto nos hizo recordar que un deporte sin ídolos es como una patria sin héroes.