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No hubo ganador de la Triple Corona en éste Pomares 2019. Se trabó Dwight Britton a última hora, así que seguimos esperando por el próximo nica capaz de darle forma a esa hazaña desde Ernesto López en 1977, hace 42 años. Precisamente, esa prolongada espera engrandece el recuerdo de Pedro Selva, un caso extraordinario conquistando cuatro Triples Coronas y arañando una quinta. Quiénes lo vimos en acción, fijamos su imagen casi con nítidez. La fuerza de sus muñecas, le permitían “sacarle jugo” a la madera de su bate, y la violencia de su swing, erizaba pelos en las tribunas detrás del plato. Ver viajar las pelotas hacia la inmensidad después de sus impactos, era algo majestuoso. Antes de convertirse en un mata-pitcheres, Pedro Selva, el artillero del punch temible, fue pica-piedras en Carazo. La primera de un par de incursiones a lo trágico, casi le cuesta la vida recortando drásticamente sus cifras, pese a todo, asombrosas.

Selva se convirtió en el primer icono de nuestro beisbol derribando verjas, saltando encima de las dificultades, estableciendo récords, haciendo historia. Seguimos viéndolo frente al plato, retorciendo el mango de su bate, ya fuera de madera o aluminio, mostrando su mirada fiera, totalmente concentrado en descifrar cada lanzamiento, y como recomendaba Ted Williams en su libro, que seguramente Pedro nunca leyó, tomar el envío más conveniente, ese que no puedes dejar pasar en cualquier conteo.

Por largo tiempo, Pedro Selva fue el dueño de la mejor combinación de tacto y poder que se puede recordar. Se sintió estimulado, al verse involucrado en una batalla de poder a poder con Ernesto López, hasta hoy irrepetible por la furia que los caracterizó. Tan es así, que la encendida polémica, no alrededor de cifras sino sobre el poder destructivo de ambos, ¿Selva o Ernesto?, permanece intacta años después del fallecimiento del “Bambino” de Carazo en febrero de 1998.

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Aquí fue el señor impacto

Hay hazañas calificadas como improbables de volver a ser edificadas en el béisbol casero, pero ninguna, como la conquista de cuatro Triples Coronas por parte de ese “Bambino”, quien se adueñó de los lideratos de bateo, carreras impulsadas y jonrones, en las temporadas de 1971, 1972, 1973, y 1975, dejando a las multitudes -que en esos tiempos “reventaban” los pequeños Estadios de los departamentos- con la boca abierta y rascándose la cabeza.

Y es que con Selva ocurría un “fenómeno”: la gente parecía exigir una explicación, sobre como ese pelotero de andar graciosamente desgarbado, con tendencia a la obesidad y sin estatura sobresaliente como Cayasso, Eduardo Green o Bert Bradford, era el más temible artillero de nuestra pelota en aquel inicio de los años 70, cuando con Carlos García al frente, se intentaba un resurgimiento después de la brusca desaparición del beisbol profesional en 1967

Recuerdo que cuando vino Tomás Morales –el reputado cronista mexicano- para el Mundial del 72, me dijo al conocer a Selva en una sesión de entrenamiento: “No me digas. ¿Ese es el tipo experto en desforrar pelotas que ustedes mencionan tanto?” Y agregó fijándose en su estructura física: “Bueno, a menos que sea la nueva versión de Hack Wilson”.

Después de ver a Selva batear de hit en los 15 juegos del histórico Mundial de 1972 para establecer un record que aun perdura contra vientos y mareas, y observar como alargaba esa racha en el Juego de Estrellas, Tomás admitió: “Ciertamente es como Wilson”, recordando al devastador bateador de los Cachorros de Chicago, con físico de pica piedras, que impulsó 190 carreras en 1930, estableciendo una marca fuera de serie por siempre inalterable.

Bateaba contra todos

En ese Mundial del 72, Pedro Selva se graduó como bateador conectándole limpiamente a tiradores de reconocido calibre como el zurdo puertorriqueño Luis Torres, el lanzallamas japonés Kojiro Ikegaya, el endemoniado tirador norteamericano Rubén García experto en sinker y slider, y el extraordinario cubano José Antonio Huelga. Considerando que a Nicaragua siempre le colocaron los líderes de staff de los otros 15 equipos, la racha conseguida por Selva fue impresionante.

En el año de 1971, Selva bateó para 355 puntos con 16 jonrones y 49 carreras impulsadas para capturar su primera Triple Corona. Pese a ese impacto, muchos pensaron que la mediocridad del pitcheo en la mayoría de equipos, facilitaba la construcción de esas cifras. Pero él continuó repartiendo palo asegurando otras tres Triple Coronas en los años 72, 73 y 75, en un alarde ofensivo nunca más visto por estos lados. En el año del Mundial, 1972, siempre con Carazo, Selva registró 348 puntos con 15 jonrones y 55 remolques; en 1973, continuó su racha de triples coronas con 364 puntos, 16 cuadrangulares y 50 producidas.

Fue en ese momento de su carrera que en 1974, saltó al tapete lo imprevisto. Pedro se vió involucrado en un terrible suceso que casi termina con su carrera al ser atacado a balazos. Su deterioro físico fue tal, que sin exagerar un centímetro, se llegó a temer por su vida. Pese a eso, el equipo de Carazo le hizo un lugar en el roster por su nombre y por agradecimiento, para que intentara un resurgimiento considerado improbable. Obviamente, no hizo el grado para integrar la Selección Nacional, y fue eliminado del equipo que viajó a Tampa ese año.

En cierto momento, Selva dio la impresión de estar en plan de descarte, sin embargo, el gran cañonero superó la crisis y comenzó a tronar en el inicio de 1975 como si estuviera en su mejor época. Demostró sorprendentemente, que su swing cultivado picando piedras, había regresado a los niveles de contundencia y precisión requeridos, consiguiendo volver a proyectarse. Todos estábamos asombrados frente a la resurrección del “Bambino” pinolero y lo vimos conquistar su cuarta Triple Corona con 346 de average, 28 jonrones y 84 carreras empujadas.

Alarde de coraje y locura

Cuando Selva decidió retornar contra viento y marea, escribí: Inconsciencia, coraje, fidelidad a una pasión, o locura. Amigos, no sé cómo llamarle a la determinación tomada por Pedro Selva de seguir en la brecha a cualquier precio, sin importarle que se le hayan abierto dos puntadas en una de las heridas que le cruzan el abdomen; sin intimidarse por el dolor que le produce cada swing, cada agachada; sin detenerse a pensar, que ese flujo lento pero continuo consecuencia del esfuerzo extremo en cada partido, puede terminar en una peligrosa infección. Todos coincidirán que sólo un hombre de temple excepcional, o un loco, es capaz de un atrevimiento semejante. No se molestó. Casi siempre fue respetuoso con las opiniones del periodismo.

Inesperadamente, golpeando los pronósticos en las narices, volvió a sus niveles de rendimiento ofensivo y obtuvo su cuarta Triple Corona, obligando a preguntarnos, ¿de dónde habrá sacado suficientes fuerzas para saltar sobre su evidente deterioro? “Sólo hay una explicación, mi fe en Dios. Le pedí que me otorgara fortaleza para terminar la liga y aquí me tienen, adolorido, con la herida abierta, pero fuerte y fajándome en el terreno”, expresó.

-¿Crees tener las reservas físicas suficientes para romper con tu propia marca de 28 jonrones?, se le preguntó en un final de juego...”No es mi propósito. Sólo estoy buscando cómo chocar la pelota y ver si es posible terminar sobre los .300. Ese sí es mi objetivo”.

Dwight Britton. Archivo/END

-¿El médico te ha dado el visto bueno para jugar en esas condiciones?..."No he querido que el doctor me revise. Tengo miedo que ordene reposo absoluto. Sé que no es sensato lo que estoy haciendo, pero el béisbol es para mí un incentivo”…Y casi se extiende más allá de las cuatro Triples Coronas.

Quedó en la orilla

En el año de 1976, Selva siguió sembrando pánico entre los pítcheres, multiplicando asombro entre la clientela. Conectó 25 jonrones y empujó 76 carreras, pero no pudo alcanzar la proeza por quinta vez debido a una “maniobra” del equipo Chinandega, que para preservarle el título a Pablo Juárez, no se presentó a cumplir un juego reprogramado con el Carazo de Jinotepe, que no lo necesitaba, evitando lo que hubiera sido el duelo cumbre por la corona de bateo.

A esa altura de los acontecimientos Juárez presentaba un porcentaje de 366 puntos por 364 de Selva, y como esos dos puntitos de diferencia no garantizaban la posesión del cetro para el occidental, la dirigencia occidental decidió “sepultar las esperanzas” de Pedro cancelando el viaje a Jinotepe, patio del “Bambino” nica. Por supuesto que nadie puede decir lo que hubiera pasado esa tarde, pero el hecho consumado es que se le negó la oportunidad a Selva de capturar una quinta Triple Corona, lo cual hubiera sido una exageración.

Por fin su casita

El bateador que siempre dio la impresión de tener oculto un radar mientras manejaba la presión, nacido en marzo de 1944, aterrizó en el Salón de la Fama pinolero en 1995 moviéndose en un silla de ruedas, con un bate imaginario entre sus manos. Durante los últimos años, Selva fue un hombre de ilusiones rotas, de bolsas vacías, de soledad agobiante...Pude comprobarlo cuando le entregamos una humilde casa en Jinotepe luego de haber recaudado 12 mil dólares en una campaña realizada por el programa Doble Play, que contó con el apoyo suficiente. “Una casita, ya era hora”, me dijo en la acera alta.

En el año de 1971, Selva bateó para 355 puntos con 16 jonrones y 49 carreras impulsadas para capturar su primera  Triple Corona. Archivo/END

El único tesoro de Selva lo construyeron sus exuberantes ejecutorias como bateador de extraordinaria eficacia. Sus ojos solo brillaban, cuando se refería al pasado. En lo referente al futuro, en ese momento se sentía parado en el cajón de bateo de la frustración. Su muerte en 1998, golpeó a las legiones de seguidores que tiene el beisbol en Nicaragua. Otro más de los atletas que pueden considerarse auténticas glorias del deporte nacional, se había apagado. Pedro supo atravesar mil dificultades, encontró en el béisbol el terreno propicio para conseguir notoriedad y grandeza, logró emerger de dos grandes tragedias, superó enfermedades, soñó estar dándole la vuelta al cuadro en medio del rugir de la multitud, cuando atravesó la raya de cal por última vez, rumbo al dogout de lo definitivo.

Cuando ingresó al Salón limitado a una silla de ruedas, su mirada había perdido aquella agresividad que en el cajón de bateo transformaba en furia. Eso sí, moviendo sus dedos, parecía tener un bate imaginario en sus manos. Daba la impresión de creer estar bateando todavía. De hecho, siempre lo estuvo haciendo.