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Colaboración

No perdamos el tiempo tratando de comparar a Juan Palacios con Rosendo Álvarez y Román González, no es ni lo uno, ni lo otro. No tiene el poder del Búfalo, ni las habilidades del Chocolatito, pero su arte está en destruirte con un boxeo fino, preciso y sin pausas.

No pega, pero te puede pasar lastimando hasta que se le revienten las manos; no es un conejo saltando de cuerda en cuerda, pero es tan elástico que puede desesperarte tratando de cazarlo. Te pega al cuerpo con la misma mano, ya sea la izquierda o la derecha, te combina arriba y abajo sin desperdiciar, siempre alerta y no desperdicia nada con su puntería.

No es Rosendo, pero es mejor que él en el comportamiento, en su actitud en el gimnasio, en la entrega, en la disciplina con su entrenador. No es Román, pero es cuidadoso con su peso, con su imagen, con su alimentación y en la relación con los medios. Palacios trata de pasar desapercibido, pero sus hechos hablan.

Todavía estoy tratando de asimilar qué tipo de boxeador es Juan Palacios. No tiene el poder de un Rosendo, no te enrolla en los recursos de un Chocolatito, sin embargo, su condición física lo hace un guerrero incansable; que ataca, piensa, se defiende, prepara, se desborda y gana convincentemente.

Créanme que este Palacios que vemos hoy en día no se parece en nada al boxeador de hace un par de años, limitado en recursos, sin poder, y protagonista de peleas aburridas. Este Palacios parece un extraño en el ring, tiene un aguante granítico, no deja de lanzar sus manos y su capacidad destructiva no estaba en su repertorio.

Su futuro brilla para peleas más importantes, contra el tailandés Oleydong, el filipino Nietes, el mexicano Cazares o el puertorriqueño Calderón. No inventemos el disparate de medirlo al Chocolatito, porque sería un desperdició para ambos, a menos que sea inevitable y por una bolsa que valga la pena.

Alguien tiene que ser responsable de tanta evolución, de esa transformación radical que ha deleitado a los aficionados en menos de un año y que puede provocar todo tipo de comparaciones de entusiasmados aficionados que se convencen más con su línea de boxeo.

Juan puede no ser un pegador impactante, pero es como una brisa eterna, molesta y que nunca acaba. Le pone guantes a su mente, porque se clona en un boxeador que abruma a su oponente, que lo desespera y lo lleva por un camino de dolor infernal.

Puede que no sea ese boxeador artístico que baila y hace malabares con sus combinaciones, pero es capaz de atacar, fajarse y defenderse con disciplina de hormiga, es ese boxeador que escasea hoy en día, que hace de sus cruzados una obra inigualable o que se viste de paciencia para tomar el momento ideal.

¿Hasta dónde llegará? Por ahora, después de tres peleas demoledoras, su futuro brilla en la lejanía como en una tarde verano.