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Para los Indios del Bóer, los finales se han vuelto repetitivos: perder el título víctima de su picheo roto y remendado. Un mal que parece no acabar. Su bateo es capaz de dominar todos los lideratos ofensivos del campeonato, pero su picheo no representa ninguna garantía, de lo cual las estadísticas no dejan dudas.

En la serie final contra León, el cuerpo de lanzadores del Bóer fue descifrado con una facilidad preocupante. Entre sus diez pícheres forjaron una efectividad de 6.91, producto de haber permitido 33 carreras limpias en 43 episodios lanzados, mismo trayecto en el que admitieron 61 hits, incluyendo siete dobles, dos triples y dos jonrones. Son cifras alarmantes.

Abridores como Róger Marín y Roberto Artola, ambos con dos derrotas en dos aperturas y efectividades de 13.50 y 23.40, respectivamente, reflejaron la pobre realidad del picheo indio. Además, las actuaciones de relevistas como Jimmy Bermúdez (11.25), Miguel Rojas (10.80) y Wilfredo Miranda (6.23), confirmaron lo que desde hace años se ha sabido sobre el Bóer: el picheo es su talón de Aquiles.

De esa debacle en la final se salvó Braulio Silva (2.00 en nueve episodios), Jefferson Martínez (1.42 en 6.1 entradas), Adolfo Flores (0.00 en dos innings) y Junior Arauz (0.00 en 4.2 capítulos). El asunto es que en casos como el del Bóer, el buen funcionamiento de algunos es insuficiente cuando la mayoría se hunde.

Un problema de toda la temporada

La situación del picheo de los Indios es complicada desde el principio de la campaña. Por ejemplo, en la etapa regular ocuparon el sexto lugar entre los 18 equipos con un promedio de carreras limpias permitidas de 4.02; en los cuartos de final, pese a que barrieron a la Costa Caribe en tres juegos, su efectividad fue de 4.33; en la semifinal contra los Dantos, lanzaron para 6.25 y en la final se hundieron con un 6.91.

Para los Indios del Bóer, los finales se han vuelto repetitivos: perder el título víctima de su picheo roto y remendado. Archivo/ENDQueda claro que su efectividad fue empeorando, según crecían las exigencias por el salto de etapas, lo que disminuyó considerablemente sus opciones de ganar la corona, sobre todo si se toma en cuenta el viejo principio de que el 75% de una victoria se construye a base de un buen picheo.

De tal manera que si el Bóer, que ha sido capaz de llegar a la final en tres de las últimas cuatro ediciones del Pomares, quiere por fin volver al trono, deberá trabajar arduamente en la construcción de un grupo de lanzadores con mayor nivel de solvencia que el anterior.

En este proceso será clave abrir la puerta de salida para quienes ya no tienen más que ofrecer, pulir a los que han demostrado tener potencial para crecer y establecerse, y salir en busca de nuevo talento. No se trata de un cambio total, sino de una renovación gradual que permita contar con la suficiente cuota de experiencia y juventud en el staff.