Edgard Tijerino
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Fue Arquímedes quien dijo “denme una palanca, un punto de apoyo, y moveré el mundo”. El padre de la ingeniería fue un teórico con espíritu práctico, siempre experimentado mientras desarrollaba su asombrosa sabiduría.

Esa “palanca”, en el caso de la intensa lucha por superarnos, que debe ser permanente sin la menor flaqueza, es la oportunidad que debemos atrapar con precisión cuando aparezca frente a nuestra ventana, como recomendaba Picasso.

Ahí tenemos a Everth Cabrera, el muchacho de Nandaime, golpeándonos en la nariz mostrando su capacidad para proyectarse por encima de las limitaciones diagnosticadas, gritándonos: “¡Aquí estoy, en el mejor béisbol del mundo!”, a base de esfuerzo, entusiasmo, fe, agallas, y por supuesto, con el componente necesario de clase, porque sin habilidades, el impulso hacia la cima no funciona.

Cabrera no ha necesitado leer a Norman Vicent Peale, al Dr. Mandino, al Dr. Wyler y tantos otros motivadores para empujarse hacia delante con alegría y firmeza. El chavalo nació “inyectado” con espíritu de superación, y eso le permitió atravesar en forma silenciosa, pero con atrevimiento y determinación, cada una de las dificultades que se le presentaron, hasta abrazar con fiereza la oportunidad de hacerse notar en el béisbol de Ligas Menores, y finalmente, conseguir un crecimiento sorprendente, logrando aterrizar en la Gran Carpa con los Padres de San Diego.

La suerte también juega. Los Padres estaban en busca de un paracorto, y tomaron a Cabrera como una opción, para compartir el difícil trabajo con el venezolano Luis Rodríguez --inadvertido durante cuatro temporadas--, dejando a un lado a Chris Burke. No tenían los Padres un short con etiqueta de “muro infranqueable” tanto para el nica como para Rodríguez, y Cabrera, el más grande robador de bases de las menores en 2008, impresionó rápido, no moviéndose alrededor de cifras espectaculares, sino mostrando su gama de virtudes en relieve: rapidez, manopleo, gran tiro, cero temor en el cajón de bateo y suficiente capacidad para agredir.

Cuando se lesionó, había quitado toda duda sobre la utilidad que podía proporcionar, y con la actuación registrada el fin de semana, regresando a la trinchera, continuó impresionando: cinco llamativas jugadas defensivas obviando dos fallas, tres hits, incluyendo su primer triple, exhibiendo su rapidez en los senderos, su primer remolque, y esa dinámica contagiante.

¿Qué mensaje nos envía Cabrera? Que podemos emerger por encima de las condiciones más adversas si estamos empeñados en lograrlo contra viento y marea, sin preocuparnos por los diagnósticos, yendo hacia delante en cada instante, confiando en el cultivo de nuestras facultades.

¿Evert Cabrera en la Gran Carpa? ¡Wow! ¿Cómo fue posible eso si salió de aquí discretamente, cobijado sólo por su optimismo, sin mayores expectativas que las construidas por él mismo? Y ahí lo tenemos, golpeando nuestras narices, haciendo sonar los despertadores oxidados, demostrando que sólo podemos combatir la mediocridad con un esfuerzo extra día a día, batallando sin dar ni pedir tregua. Ésa es la única forma posible, incluso para poder transformar una sociedad y cambiar un país, sacándolo del hoyo.


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