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¡Qué partido amigos! Tan intenso como confuso; necesitado de enlaces más precisos y maniobras más claras; sin alguien capaz de desequilibrar en lo individual; viendo a Sudáfrica compartir sorprendentemente con Brasil la posesión de la pelota, el manejo de los espacios, las oportunidades, y la presión puesta sobre el otro; con el suspenso moviéndose velozmente hacia un probable tiempo extra; con la desesperación azotando más a los pentacampeones mundiales, que a sus retadores, ubicados detrás de la posición 70 en el escalafón de la FIFA.

Finalmente ganó Brasil 1-0, con el estruendoso taponazo de Daniel Alves, un derechazo de trazado geométrico preciso, tan deslumbrante como el vuelo de una estrella a media noche, tan mortífero como una puñalada asestada por alguien saliendo detrás de las cortinas.

Por un momento, en el minuto 87, Alves fue una fotocopia de aquel Rivelino, que con su zurda escalofriante se especializó en ese tipo de disparos. Brasil estaba batallando contrarreloj, pendiente de no ser sorprendido por un contragolpe africano, cuando Felipe Melo realizó un saque de banda por la izquierda, entregándole la pelota a Robinho, quien de inmediato la pasó a Kaká, y éste trianguló hacia Ramires, que intentaba entrar al área, cuando fue derribado. Falta y tiro libre.

Quedaban apenas tres minutos, y el angustiado y desdibujado Brasil tenía en los pies una de sus mejores opciones: pegarle al balón detenido a una distancia de 21 metros. Ahí estaba Alves, que había salido del banco en el minuto 81, con su poderosa pierna derecha amenazante, buscando el ángulo apropiado desde el sector izquierdo, tomando distancia, impulsándose, disparando. ¡Qué cañonazo! Con una precisión admirable. Voló el arquero Khune, espectacularmente, pero necesitaba un par de pulgadas más de alargue en sus brazos. La pelota, zumbando, entró junto al poste derecho inflamando la red. En ese momento, Brasil volvió a nacer.

Esta vez no hubo magia, ni samba ni dominio. Brasil tuvo que batallar sin camisa, sudar y sufrir, en busca de un gol que nunca llegaba. Quizá, para darle algo de brillo al triunfo, necesitaba que Luis Fabiano convirtiera ese gol negado por Khune, dos minutos después, por expirar el juego, culminando una rápida y certera penetración.

No hay duda de la calidad que tienen los jugadores brasileños, pero ¿por qué no son capaces de fabricar claridad? Sudáfrica mostró un llamativo irrespeto, peleando pelotas, volcándose, abriendo juego, marcando con firmeza y precisión. No fue como el Estados Unidos puesto contra la pared por España, rugiendo sin el balón, refugiado en la posibilidad del contraataque.

Sudáfrica, complicando a Brasil, me hizo recordar a aquellos Leones de Senegal, vencedores por 1-0 del campeón defensor Francia, en la Copa de 2002; en tanto este Brasil “enmascarado”, me hizo creer que se trataba de otro equipo, carente de arquitectos, condenado a la inseguridad, expuesto constantemente, necesitado de definidores, o de un definidor tipo Romario. Pero por lo visto, eso por ahora es mucho pedir.