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Se coronó Brasil, como todos esperábamos, pero no de la forma que imaginamos. Su victoria por 3-2 sobre Estados Unidos, que mostró una iniciativa superior a las expectativas dibujadas, no fue de sangre y arena, pero sí de sufrimiento, sudor, intensidad y la necesidad de recurrir a una cuota extra de agallas, para lograr el impacto de voltear un marcador adverso 2-0, que mantuvo al planeta fútbol con los puños crispados, los ojos agrandados y la emoción frente a lo inesperado, en su punto de ebullición.

¡Qué segundo tiempo más presionado, vibrante y con ciertos ribetes espectaculares!. Brasil salió del hoyo lleno de vigor, sin aquella magia deslumbrante que por tanto hemos apreciado, pero inyectado por la garra que fabrica hazañas. Fue así, con esa determinación espartana, y por supuesto algunos destellos de su destreza, que logró recuperar en 45 minutos la vieja admiración que habían agrietado los goles de Dempsey y Donovan, construyendo esa ventaja de 2-0, defendida con el corazón en los dientes por una defensa multiplicadora de esfuerzos, piernas y cabezas, y el accionar casi computarizado en su perfección del arquero Tim Howard.

Sin la menor duda, el momento clave del juego fue el gol de zurda conseguido por Luis Fabiano en el propio arranque del segundo tiempo. La urgencia de una señal de vida estaba concretada. Luis Fabiano recibió de Maicon por el centro, y con un defensor encima, de espaldas a la cabaña de Howard, giró hacia su izquierda con un magistral trazado de compás, y su remate fue con tiralíneas, humeante, hacia el rincón derecho, recortando la distancia 2-1.

Brasil no estaba muerto. Vivía y pelearía. Fue víctima de una injusticia cuando por incompetencia del árbitro lateral, no le fue apuntado un gol de cabeza a Kaká, que Howard sacó desde adentro, pero como todo gran equipo, tomó eso con calma y continuó presionando, hasta que en el minuto 74, una escapada de Kaká por la izquierda, facilita un pase que Robinho estrella en el travesaño, pero el rebote es interceptado por la cabeza de Luis Fabiano, estableciendo el empate 2-2.

No estaban saliendo genios de la lámpara de Dunga, pero sí hombres revestidos de agallas, con la necesaria habilidad para edificar una hazaña, y la lograron cuando al minuto 84, un corner cobrado por Elano desde la derecha, con trazado de arco iris, fue golpeado por Lucio con su cabeza, dejando sin chance a Howard, sellando el 3-2.

Brasil fue un compendio de energía, voluntad, rigor y decisión. Así volteó el partido. ¡A pura garra!

dplay@ibw.com.ni