Edgard Tijerino
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¡Qué tiempos aquellos! Juega Brasil. Tomen asiento señores que el show va a comenzar. Abran espacio a sus emociones, prepárense para transitar a la orilla de lo electrizante, controlen su capacidad de asombrarse frente a la magia, disfruten de esa creatividad que fue propiedad de Picasso o de Dalí.

En Brasil hay veneración por el Cristo de Corcovado y por aquel equipo maravilloso de 1970; hay orgullo por la belleza de Copacabana, pero es mayor el que se siente por Pelé; la admiración que provoca el paisaje visto desde Pan de Azúcar, no es tanta como la motivada por los recuerdos de las maniobras magistrales y disparos envenenados de Gerson; toda la flexibilidad y gracia vista en su famoso sambómetro, no supera la que llegaron a mostrar Sócrates, Zico y Falcao en el Mundial de España. Y así podríamos seguir, por los siglos de los siglos
Brasil es un país que vive literalmente con los botines puestos, el ritmo de samba era graficado en la cancha por un fútbol fluido, vertiginoso, impredecible, impuesto por los perfeccionistas del 4-2-4, sistema elástico pero de posiciones y tareas definidas, que fue devorado por el fútbol total que la Holanda de Cruyff, colocó sobre el tapete.

Poco a poco, frente al marcaje agobiante, la presión cada vez más intensa en toda la cancha, la evolución del anticipo, la aceleración del ritmo, el cuido del movimiento sin pelota, Brasil tuvo que cambiar, y lo práctico ha reemplazado lo mágico.

En un fútbol que ha visto el extraordinario desarrollo de los países africanos con Nigeria, Camerún, Costa de Marfil, Senegal, Egipto y Sudáfrica, convirtiéndose en serias amenazas; con el poderío europeo imponiendo respeto; con Estados Unidos creciendo; incluso México protagonizando ocasionalmente partidos inolvidables como el realizado con Alemania en 1986 y la batalla con Argentina en el 2006, Brasil se ha visto obligado a quitarse el viejo traje de etiqueta de tan fina tela, y utilizar el de obrero de tareas duras, para superar dificultades que se multiplican, y defender su reputación contra viento y marea.

Es ese el Brasil que estamos viendo jefear el Grupo calificatorio Suramericano y ganar esta Copa Confederaciones, sin alardes, sin juego bonito, sin samba, sin aquella magia que podía iluminar Las Vegas, sin figuras cumbres como lo fueron Romario y Ronaldo, con un Kaká laborioso, aguantando, sufriendo, recurriendo a su sentido tridimensional para dominar el panorama, fabricar resquicios, detectar y buscar proyecciones, pero estrellándose constantemente.

Éste es otro fútbol, en el que astros como Messi, Cristiano Ronaldo y Gerrard se apagan y se encienden, pero siendo siempre factores de mayúscula incidencia; este fútbol en el cual frotar la lámpara sólo funciona en determinados momentos, un fútbol de menos belleza pero más intenso y emocionante, con un nivel de competencia cada día más elevado. Por eso estamos viendo otro Brasil.


dplay@ibw.com.ni