Edgard Tijerino
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Por segundo año, Mark McGwire se encuentra en la lista de candidatos al Salón de la Fama. En 2007 lo rechazaron bruscamente con sólo el 23.5 por ciento de aceptación, acusándolo de ser un tramposo.

Claro, es cómodo desde la butaca de lo común ser un cuestionador implacable de los “súper”, esos que se lanzan tras el estrellato en busca de las proezas que exige el público, que deleitan al periodismo y que satisfacen la voracidad de los patrocinadores.

Ahora se trata de ser más rápido, elevarse lo más alto, tener más poder, conseguir más dominio, establecer cifras más grandes, asegurar más promoción y embolsarse más billetes. El gran reto es derribar barreras y mantener latiendo la gran interrogante: ¿cuál es el límite de la capacidad humana?
¿Cuándo fue que comenzaron a “fabricarse” los artificios para sacar un mayor provecho de las facultades mentales y físicas, supuestamente acordes con la evolución del planeta?
Amigos, despierten por favor: el mundo sigue siendo redondo, pero ya no viene en caja cuadrada. Se ha demostrado que la mayoría de finalistas en los certámenes de Miss Universo son sometidas a modificaciones en busto, caderas, cejas, pómulos y tantos otros detalles que suman puntos. Por Dios, la mujer más bella del planeta es producto de alteraciones, y sin tener enfrente un pitcher capaz de lanzar a 100 millas, como ocurre con los bateadores.

¿Cuántos de los mejores alumnos que ustedes han conocido no tomaron revitalizantes o pastillas necesitadas de receta médica para tomar más horas de estudio y ganar batallas entre lo mejor de lo mejor? ¿Son profesionales tramposos? El crecimiento del nivel de competencia plantea retos terribles. Hoy, abrirse paso entre la excelencia es más difícil que nunca.

Hagan memoria: McGwire nunca ocultó que usaba Andro. Bueno, no existía prohibición, así que no fue extraño verlo superar la barrera de los 60 jonrones, porque cuando novato, en 1987, sin Andro, sin tanta musculatura, disparó 49, una cifra todavía récord, sin entrar en acción en el último juego de la temporada por el nacimiento de su primer hijo.

Cuando impactó al béisbol descargando 70 y 65 cuadrangulares en temporadas consecutivas durante los años 98 y 99, se consideró un salto espectacular, pero no cuestionable porque previamente había conectado 52 y 58 en el 96 y el 97, cuando fue trasladado de los Atléticos de Oakland a los Cardenales de San Luis.

En béisbol, por muy fuerte que consigas ser, prevalecen las habilidades. No es deporte de una vía, como el atletismo, la natación, el ciclismo o las pesas, porque si se trata de un bateador, hay un hombre a 60 pies seis pulgadas, con otros ocho detrás de él tratando de frustrarte.

Yo votaría por McGwire, ese bateador de 583 jonrones que con su poder movió el planeta un par de pulgadas.