Edgard Tijerino
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Llegué a creer que como dirigente deportivo, Carlos García nunca se acabaría. Que era invulnerable al paso del tiempo, al acoso del desgaste, a las embestidas del viento. Me resulta extraño descubrir que ya no está en la Feniba. Es como ver a París sin la torre Eiffel, Roma sin el Coliseo, o Nueva York sin el Empire State.

El momento del final es inevitable y el mundo sigue andando, pero las huellas quedan como esas de Acahualinca, y las que deja Carlos a todos los que los conocimos, son imperecederas, por su profundidad y significado. No es culpa del nuevo Presidente de Feniba, Adolfo Marenco, tomar esa herencia tan cargada de retos, pero tiene que hacerlo.

Un hombre viviendo cada día como si fuese el último de su existencia, desesperado por sacarle el máximo provecho al tiempo, optimista incurable, ese fue por siempre el Carlos García que comencé a conocer en 1970, justamente cuando daba mis primeros pasos en la crónica deportiva.

¿A cuántos Minotauros ha matado para salir de tantos laberintos a lo largo de su vida? Nadie lo sabe, pero estuvo indoblegable en la cárcel atravesando por dos prisiones injustas, primero en tiempos de Somoza por 155 días, luego con el Frente casi cuatro años y medio.

He aquí el hombre que fue capaz de organizar tres Campeonatos Mundiales de béisbol, una Súper-Copa espectacular, varios torneos de envergadura y peleas de título mundial, en este “paisito”. Además, sacó a nuestro béisbol del hoyo, lo proyectó, y llevó a la Selección Nacional a niveles de competencia súper-exigentes, paseándola por rincones insospechados.

El Mundial de 1972 parecía un sueño imposible, y por supuesto el de 1973, realizado después del terremoto que destrozó Managua, y pre-calificado como una locura. En los dos casos, Carlos derrotó al escepticismo, y cuando su entusiasmo y su fe en el futuro no fueron marchitados durante cuatro años y medio en prisión en los años 80, tuvo aliento, destreza y voluntad de hierro, para organizar otro Mundial en 1994, quizás el último de nuestra historia.

Nunca estuvo su familia adelante de su pasión por el béisbol, jamás sus problemas de salud le recortaron un día de empeño en busca de construir un gran evento, para él, todo fue siempre redondo, con costuras y empacado en una caja cuadrada. Enfrentando cada problema, se sentía en la colina de los infartos, viéndolo a 60 pies, en el cajón de bateo. Carlos aprendió a convivir exitosamente con lo impredecible, como el rumbo de la pelota una vez que sale de las manos del pítcher.

Se asegura que Heráclito lloró amargamente cuando comprobó que todo cambia, que nada es permanente, que incluso no somos los mismos mientras caminamos, que después de cerrar los ojos, cuando los abrimos, el mundo es otro. Carlos puede estar llorando ahora, pero sentado encima de la satisfacción de tanto que hizo.

Me pregunto: ¿Podremos obtener alguna fotocopia? ¿Hay alguien por ahí con cierto parecido? Sinceramente, no lo creo.


dplay@ibw.com.ni

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