Edgard Tijerino
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La grandiosidad como jugador de Cristiano Ronaldo no puede ser puesta en duda. Todo lo que ha logrado, es demasiado para discutir lo que vale y lo que significa para cualquier equipo. Su fortaleza, rapidez, habilidad para desequilibrar, capacidad de desborde, proyecciones, olfato, remate por arriba y por abajo, lo llevaron a ser considerado el mejor jugador del mundo, por encima de Messi, de Gerrard, de Ibrahimovic y de Kaká.

Pero necesita un baño de humildad. Y hablo de la humildad como un recurso para afianzar su grandeza. Está bien su jactancia, porque sus ejecutorias lo respaldan, pero su afán de protagonismo lo empuja muchas veces al exceso de exhibicionismo, como lo señala el diario El País, de España, que ha designado a una reportera para que siga, paso a paso, lo que hace el extraordinario jugador capturado por el Real Madrid.

Cada vez que Cristiano es derribado, se cae en una gestión ofensiva, se ve afectado perdiendo una pelota o involucrado en una jugada friccionada, incluso mal visto, protesta, gesticula y reclama, como si el resto del mundo tuviera la culpa. Se considera el intocable en la cancha con reacciones que ni siquiera el pequeño Messi, permanentemente agredido, muestra.

No sé si Cristiano Ronaldo ha visto algunos video de Pelé, quien recibió leña desde los 17 años con un estoicismo incomparable. Mientras avanzaba hacia la mitología del fútbol después de aquel debut espectacular en la Copa de 1958, impulsando a Brasil hacia la conquista de su primer banderín mundial, Pelé fue convertido en el blanco de los marcadores, que de diferentes maneras buscaban cómo sacarle astillas de sus tobillos.

Recuerdo las imágenes del Mundial de 1966, cuando Brasil se hundió en Inglaterra buscando su tercera Copa consecutiva. En el primer juego contra Bulgaria Pelé fue derribado ocho veces en la primera media hora. El árbitro español Pedro Escartín, autor de estupendos libros sobre fútbol, tres de los cuales, obsequiados por el doctor Arríen, se encuentran en mi biblioteca, dijo: “Pelé nunca se quejó, siempre se levantó para seguir en pie de lucha, consiguiendo un gol de tiro libre cobrando una agresión. Consideraba eso como parte del juego, y sobre todo, sabía lo que le esperaba en cada acción”.

El ¿cómo parar a Pelé?, tenía una respuesta directa, como en el caso de Maradona, de Messi, o de Cristiano, “hay que arremeter contra ellos con todo”. Cuántas veces hemos visto a Cristiano quedarse reclamando mientras el mundo sigue rodando, perdiendo una mejor opción en caso de reaccionar rápidamente.

Messi le enseñó algo sobre eso cuando pese a su fragilidad, sin reparar en dos faltas bruscas, fue de inmediato a poner el balón en juego para que el Barcelona no perdiera su impulso. La humildad es uno de los recursos del genial argentino.

¿Se imaginan el berrinche que hubiera armado Cristiano si le anulan un gol como el logrado por Kaká frente a Estados Unidos en la Copa Confederaciones? ¡Diablos, ni pensarlo! El brasileño frunció el ceño y regresó a la trinchera a seguir peleando. Brasil no podía perder tiempo perdiendo 2-1.


dplay@ibw.com.ni

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