Edgard Tijerino
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Del asombro a la preocupación. Ése es el viaje que hemos estado haciendo a la orilla de Everth Cabrera a bordo de un tren bala. Regresando a la alineación de los Padres, saliendo de la lista de inhabilitados, lo vimos escalar vertiginosamente las laderas de la montaña, bateando, corriendo y fildeando, como si hubiera nacido en ese béisbol, y acariciamos posibilidades insospechadas; luego, comenzó a perder impulso, y su deslizamiento, provocando un contraste como el de la luz y la sombra, nos ha preocupado.

Obviamente no es culpa de él, pero ¿cómo controlar las expectaciones cuando son fortalecidas tan rápida y consistentemente juego tras juego? Incluso el periodismo norteamericano, muy cauteloso a veces, se volcó en elogios sobre el accionar del bravo pinolero que entrando por la puerta de la sala, avanzó hasta la cocina fabricando ruido.

Esto de ser atrapado por un bajón de voltaje le pasa a cualquiera por muy Ichiro que se crea. Sin antecedentes en la exigencia de este béisbol, el despegue de Cabrera nos hizo verlo como un fósforo de llama creciente, hasta que poco a poco, se fue apagando.

El lunes Cabrera de fue de 4-0 contra el pitcheo de los Marlins, fallando dos veces en conteo de dos bolas sin strike, y una sobre el primer lanzamiento; ayer tarde, otra vez de 4-0, con un ponche, dos roletazos a segunda y un batazo para doble play. Queda la impresión que la peligrosidad del muchacho nandaimeño ha sido cuidadosamente embotellada.

Nuestro excesivo entusiasmo tuvo explicación en la ansiedad incontrolable por ver establecerse a un jugador nica de todos los días en las Mayores. Ciertamente no esperamos semejante despegue, como tampoco tan súbito desvanecimiento, limitado a cinco hits en los últimos 11 juegos, pasando de 293 a 221, una pérdida de 72 puntos. Así que nuestras emociones se han estado moviendo bruscamente de un extremo a otro, y eso inevitablemente desconcierta.

El novato convertido en una amenaza latente fue sometido a estudio lo más pronto posible, y por ahora el pitcheo enemigo, utilizando la experiencia, ha logrado sacar provecho de eso “amordazando” a Cabrera. En situaciones agobiantes como ésta, cuando se trata de salir del hoyo, la precitación afecta. Los viejos zorros del bateo lo saben y pueden sujetarla, no Cabrera, tan o más preocupado que todos nosotros.

¿Qué pensar sobre su futuro? Nada claro, por supuesto. En estos momentos cualquier cálculo se convierte en una especulación inútil. Como apunta Plinio Apuleyo, si no fuese por el trino de un pájaro, uno creería que se encuentra en un planeta deshidratado, pero no es así, Cabrera vive y puede pelear, quizá no por escalar la cima de la montaña, pero sí por mantenerse en sus laderas, subiendo a ratos y bajando en otros momentos, como en una pequeña montaña rusa.


dplay@ibw.com.ni

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