Edgard Tijerino
  •  |
  •  |
  • END

Frente a una taza de café humeante, con una mano sosteniendo mi quijada y el codo tratando de hundirse en la mesa, estaba revisando las imágenes de los últimos momentos del Juego Perfecto logrado por Mark Buehrle, y la que prevalecía no era la del pitcher que fue capaz de edificar ese trabajo de 27 outs consecutivos, sino la de DeWayne Wise escalando como una fotocopia del hombre araña la pared del jardín central, elevándose por encima de los asombros, y realizando la atrapada improbable, evitando la tragedia de un instante.

Robarle ese jonrón a Gabe Kepler para convertirlo en el out 25, devolviéndole a Buehrle su sistema nervioso reconstruido, y recuperándole los latidos de su corazón, hizo de Wise, salido del banco minutos antes para aprovechar sus habilidades como guardabosques, la figura cumbre en el cierre del juego. De pronto, Buehrle no era tan importante. Sin Wise no había perfección de pitcheo.

Y pensé moviendo la taza de café a un lado: no existe alguien tan dependiente de los otros en cualquier deporte colectivo que un pitcher. Un juego perfecto sólo es posible sin una falla de todos, por muy inspirado que el lanzador se encuentre. Una bola perdida por un fildeador, un mal tiro, un súbito desajuste en el control, una mala apreciación arbitral, una recta imprudente, un cambio atrevido, terminan con el intento de juego perfecto.

Cierto, con el paso del tiempo lo que quedará en las enciclopedias será el nombre de Buehrle, forjador de uno de los 18 “perfectos” hasta hoy vistos, porque la atrapada de Wise, poco a poco se irá desvaneciendo, pero el punto de discusión, ¿sacar 27 outs consecutivos sin nadie en las bases es lo más difícil de lograr?, seguirá tan humeante como mi taza de café.

Puedes jugar bien sólo un momento y ser la estrella de un juego. Un gol de última hora, tantas veces visto en acciones inolvidables, o una canasta contrarreloj como la que no pudo hacer Lee, sacando del hoyo a Orlando en el segundo juego de la final con los Lakers, o batazos como los de Mazerowski y Joe Carter, sellando una Serie Mundial, te meten en la historia.

Pero, lanzar un “perfecto” realizando 116 lanzamientos como Buehrle contra la gruesa batería de los Rays de Tampa, cargada con la pólvora de Longoria, Crawford, Peña, Burrell –-quien conectó una línea que pareció morder la raya de tercera y fue decretada foul--, Upton, Zobrist y Kepler, es imposible si no contás con la complicidad necesaria revestida de efectividad en cada gestión.

Una falla en cualquier instante y el intento de proeza se destroza, como Pompeya. ¿Qué hubiera pasado si Ozzie Guillén no mueve a Podsednik del center al left colocando a Wise en el center como factor de seguridad en la defensa? Diógenes diría: no se quiebren la cabeza con eso, porque estaba escrito que Wise entraría y salvaría a Buehrle.


dplay@ibw.com.ni