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Pedro José Rodríguez habla y su voz casi se pierde, apenas mira la cámara, y le cuesta arrancarse las palabras para hablar de su pasado, como si supiera que el pasado estará siempre ahí para recordarle la injusticia.

Ese es el Cheíto que nos muestra el documental. Los que faltaron, del director Erik Mendilahaxon, que será transmitido íntegramente este domingo a las 8:00 p.m. en el programa La Mirada Indiscreta, que conduce el crítico Alejandro Ríos en el Canal 41 América TV.

El ex cuarto bate de los equipos de Cienfuegos, Las Villas y la selección nacional aparece como un hombre que hace todo lo posible por mantener la frente en alto, pero al que le pesa demasiado una culpa estúpida y ajena, puesta por otros sobre sus hombros.

No cabe duda de que en la larga fila de atropellos en el deporte cubano, la historia de Cheíto Rodríguez, suspendido en el pico de su carrera --tenía sólo 29 años-- por tener en su maleta 81 dólares, califica entre lo peor y lo más bajo.

Amparados en un Código Penal hecho a la medida de lo absurdo, funcionarios del Inder y muy seguramente de un nivel superior separaron a Rodríguez del béisbol por tenencia ilegal de divisas --la del enemigo, claro está-- y fue condenado a vivir lejos de lo que más amaba, de lo que mejor sabía hacer.

No importó su trayectoria, ni que era el amo indiscutible de los jonrones en la pelota cubana, ni que hubiera llegado a sumar una cifra impresionante de números ofensivos, prácticamente cada turno implicaba un posible nuevo récord. Antonio Muñoz asegura que habría superado la barrera de los 500 bambinazos.

De hecho, el nombre del documental sale de una frase del propio Gigante del Escambray, quien afirma haber saludado a Cheíto en los 286 vuelacercas de su carrera y que, de no haber sido suspendido, hubiera estado presente “en los que faltaron”.

Pero más allá del dolor dentro del terreno, queda claro la destrucción personal de un jugador que, junto a Víctor Mesa, iba dejando un rastro de alegría entre sus compañeros y los fanáticos.

El propio Mesa describe la manera infame en que los engañaron para revisarles las maletas a los miembros del equipo nacional antes de un viaje a Estados Unidos en 1985 y la pena de todos cuando Cheíto les comunicó el porqué de la sanción.

Uno sólo puede imaginarse al rey de los jonrones resignado a ese lento morir, incapaz de ver un juego de pelota por televisión, caminando lejos de los estadios, donde era considerado persona no grata. El mismo pelotero afirma que “tras la sanción, Pedro José Rodríguez dejó de ser Pedro José Rodríguez”.

¿Cómo es posible que la soberbia de las autoridades cubanas se ensañara tanto con este hombre que sólo le dio alegría a su gente, que tantas glorias le regaló a Cuba y dejó momentos inolvidables como su batazo decisivo en el torneo de 1978 contra Rogelio García en el Latinoamericano?

Nadie responde, nadie sabe. Los intentos del realizador por contactar algunos funcionarios caen en saco roto, pero lo esperanzador es que nadie aprueba lo sucedido, ni sus antiguos compañeros, ni los fanáticos. Sólo el comentarista Héctor Rodríguez busca juegos de palabras para justificar lo injustificable. Aunque eso era de esperar.

Cheíto intentó un regreso a fines de la década del 80, pero ya no estaban ni la juventud, ni los reflejos, ni la pasión. Para él era tarde, demasiado tarde, a pesar de que luego el Estado cubano se entregaría a la búsqueda desenfrenada de dólares por todos los medios y esta moneda pasaría a ser dueña y señora de la sociedad.

Los que faltaron trae a la memoria lo sucedido a Lázaro Junco, obligado a retirarse junto con toda una generación de héroes sólo por tener más de 30 años. Tampoco importó que el matancero fuera el que hubiera tomado --primero en llegar a 400-- el relevo del cienfueguero en la lista histórica de jonrones.

Y por supuesto, no se puede olvidar el vínculo con Rey Vicente Anglada, otro encantador de aficionados, quien pagó con sus sueños por un crimen que jamás cometió. No por gusto Anglada reconoce en el filme que “con Cheo fueron muy duros”’ y parecer como si se lo dijera a él mismo.

Mendilahaxon, que estudia la especialidad de Dirección en el Instituto Superior de Arte de Camagüey y es locutor y narrador deportivo, capta la herida no visible en el cuerpo de Cheíto con una naturalidad que desarma y no por gusto la leyenda declinó asistir a la premier del documental en Cuba.

Se entiende. Cheíto no habría soportado ver a Cheíto.