Edgard Tijerino
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Llegó a Costa Rica, y encuentro al país entero atrapado por su Selección Nacional de Fútbol. Todos los ticos quieren alcanzar en ese estadio construido hace 37 años, como es el Ricardo Saprissa, con su grama artificial y más de 23 mil prójimos tan apretados en las tribunas, que provocan un sincronizado sonido de tambores de guerra, con el latir de sus agitados corazones.

Es el mismo ambiente que he observado cargado de admiración en Honduras, en El Salvador, en México, cuando he estado presente en juegos de las selecciones de fútbol de esos países. Todos usan la camiseta nacional, sufren, se emocionan, brincan, gritan y creen estar en la cancha, ayudando a empujar a su equipo.

Hey, yo sé algo de eso. Lo viví, primero como chavalo y después como cronista, girando alrededor del accionar que desplegaba la Selección Nacional de béisbol, extrañamente nuestro deporte prioritario, pese a lo costoso que es y pertenecer a un vecindario futbolero.  

Nunca olvidaré que todo Nicaragua estaba abrazada a los aparatos de radio, cuando jugábamos contra Cuba, Colombia, Puerto Rico, México o Dominicana. Cuando seguíamos paso a paso las huellas de Cayasso y el “Chino”, y más adelante de Rigo, Willie Hooker y tantos, hasta desembocar en aquel interés multiplicado en los años 70 con aquella selección pulida por Tony Castaño, y continuar en los 80, ganando la medalla de plata en Caracas y fuimos a Indianápolis creyéndonos capaces de alcanzar cualquier proeza.

Y aquella noche de 1994, durante el último mundial organizado por Carlos García, entré  con dificultad a un estadio lleno a reventar, viendo a unas ocho mil personas, presionando desde afuera, sin boletos y sin esperanzas de poder estar ahí, como testigos de excepción, en el duelo con Cuba, que finalmente fue tan desequilibrado como frustrante.

Hoy, cuando la Selección está por zarpar hacia Croacia, esa pasión se ha engavetado. El interés se ha reducido drásticamente, porque nuestro nivel de competencia no es el mismo y el béisbol ha sido mal manejado en los últimos años.

Agreguen un estadio en ruinas; falta de figuras dominantes como lo fueron Ernesto, Selva, Calixto, Juárez y tantos otros, en el concierto casero; con una promoción debilitada por la falta de soporte en lo referente a garantes del espectáculo; y esta crisis que se agudiza más, cuando “muerde” lo deportivo.

Casi todos los países del área rugen con su deporte, porque tienen el estímulo requerido. Nosotros lo tuvimos en un tiempo.

Hoy, sólo dependemos de valores individuales como Padilla y Cabrera, “Chocolatito” y Palacios, pero en ningún deporte contamos con un equipo que active los resortes del interés y nos haga saltar tan alto como Sotomayor.

Algo hay que hacer porque hay que hacer algo en nuestro oscurecido deporte. ¡Diablos!, tenemos tanta gente trabajando en oficinas como nunca antes. Existe hasta un Consejo del Deporte jamás visto en otras épocas. Pero, el nivel de competencia, anda nadando debajo del nivel del agua, y así no se puede provocar pasión.

dplay@ibw.com.ni