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ESPAÑA / EL PAÍS

España se dejó la inocencia en Suráfrica, hace un par de meses, pero todo su fulgor continúa intacto. Es la ventaja de los equipos con tanta convicción en un estilo de juego: su fútbol les pone por encima de las derrotas. Incluso sin Iniesta y sin su sustituto natural, Cesc, la selección de Del Bosque apareció en Riazor destilando sus mejores virtudes. El rival tampoco le exigió en exceso , al margen de un poco de paciencia que necesitó el equipo para sentar su jerarquía y no desesperarse mucho por la escasa precisión en el remate, que demoró el primer gol hasta el borde del descanso. Conquistado el marcador, España puso las cosas en su sitio y sólo necesitó un par de minutos de la segunda parte para tumbar definitivamente a un adversario empequeñecido durante toda la noche. Bélgica fue apenas un grupo de gente laboriosa que apechugó con la condena de perseguir sin remedio la pelota, mecida de principio a fin por un conjunto que ha hecho de la brillantez una rutina.

Del Bosque había montado un equipo un tanto asimétrico y se notó en el juego, volcado siempre a la izquierda, donde Capdevila y Silva llenaban la banda en contraste con el relativo vacío en el costado opuesto. Aun así, España no sufrió en exceso para abrir senderos hacia el área. Silva, que acabaría siendo uno de los hombres del partido, rentabilizó con clase la concentración de tráfico en su terreno. La majestad de Xavi emergió con la puntualidad que acostumbra y Busquets le emuló en un par de ocasiones. Y si los centrocampistas se atascaban un poco, aparecía Torres para recoger atrás o escorarse a la derecha antes de iniciar una de esas arrancadas llenas de habilidad y potencia.

Lo único que le faltó a España fue algo más de precisión en la delantera. A Torres, nadie es perfecto, se le escaparon algunos controles en momentos decisivos. Tampoco ajustó bien el punto de mira en un par de situaciones en solitario ante el portero, una de ellas escupida por la escuadra. A Villa se le vio menos, aunque su actividad, como es costumbre, nunca decayó. El problema del goleador del Valencia fue que se topó con la noche estelar de un debutante Gillet, el portero de Bélgica. Bendecido en su estreno internacional, el guardameta fue lo mejor de un equipo que se pasó el partido temblando en medio de la niebla. Gillet le repelió a Villa un remate a bocajarro e incluso un penalti, mediada la primera parte, en el que la fortuna decidió mostrarse generosa con el novato: el ariete español remató duro por el centro y el balón se estrelló en las piernas de Gillet, quien ya había estirado los brazos buscando el disparo por el palo derecho.

La fe que siempre derrocha Villa no se resintió por el contratiempo. El Guaje se desquitó al borde del descanso con una acción de las que frecuenta poco: un pase a lo Laudrup, engañando con la vista, para servir en bandeja a Silva el gol que disipó cualquier duda que hubiese dejado la sequía de España durante 40 minutos. Villa aún habría de completar su redención en la segunda parte. Fue en una jugada mucho más próxima a su naturaleza, un disparo que resultó un prodigio de precisión. Dentro del área, con un rival encima, Villa se sacó un remate enérgico que entró pegado al palo contrario, imposible incluso para los guiños que la fortuna regaló a Gillet.