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La edad es mi despertador, decía el personaje de Hemingway en El viejo y el mar, y Julio Franco podría agregarle “y también mi motivación”. A los 51 años, el gran pelotero dominicano, sigue pareciendo un big leaguer activo, listo para entrar al cajón y tomar turno contra Josh Beckett o C C Sabathia.

“Nunca sentí temor frente al plato. Ni siquiera con Randy Johnson en la colina”, me dice en Doble Play un hombre que enfrentó a Denis Martínez y Vicente Padilla, que agradece a Dios todo lo que ha recibido en forma de bendiciones, entre ellas, el poder disparar 2,586 hits a lo largo de sus 23 temporadas; conquistar un cetro de bateo en 1991, a los 32 años, registrando 341 puntos con Texas; y que se dio el lujo de conectar más de 200 hits en una campaña.

A Franco le brillan los ojos, como cuando trataba de descifrar los giros de las pelotas que venían hacia él desde los 60 pies y 6 pulgadas, es un observador de todo lo que lo rodea, y conserva aquella concentración que lo convirtió en un peligro permanente vistiendo nueve uniformes diferentes, algunos con repeticiones.

Franco va directo al grano cuando se le pregunta sobre la clave del éxito: “Ser perseverante, cuidarse física y mentalmente, entregarse a la preparación, estar claro que siempre se puede ser mejor, y que nunca debes estar satisfecho con tus logros”.

El dominicano que debutó con los Filis en 1982 a los 23 años, y que jugó por última vez con los Bravos de Atlanta en 2007, a los 48 años, después de haber incursionado en el béisbol japonés y el mexicano, se encuentra entre nosotros para impartir clínicas de béisbol a chavalos que tratan de adueñarse del futuro, con ese impulso que caracterizó a Franco y lo llevó a la grandeza.