Edgard Tijerino
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Mientras Michael Jordan, con su lengua de fuera, sus ojos desmesuradamente abiertos, sus músculos crispados, y pareciendo estar elevándose frente al tablero para mostrarse como un genio de la geometría, entra al Salón de la Fama, hay una frase que lo grafica correctamente y que explica cómo alcanzó la grandeza: “cada noche, en cada partido, salgo a la cancha a jugar como si fuera el último partido de mi vida, exigiéndome al máximo”.

No hay más que hablar, ni que escuchar. Ahí está la esencia de todo para conseguir el éxito y sostenerse contra vientos y mareas. ¡Qué suerte!, yo lo vi jugar en directo, primero con los Bulls en Filadelfia, y más adelante con aquel “equipo soñado” en Barcelona 1992, junto a Magic Johnson, Charles Barkley, Scottie Pippen, Larry Bird, David Robinson, Patrick Ewing, Kart Malone, John Stockton y otros de la mitología del baloncesto.

Jordan ha sido sin duda alguna, lo más fabuloso visto sobre un tabloncillo, alguien escapado de la Lámpara de Aladino, merecedor de ser incluido en un agregado de Las Mil y Una Noches, dejando a las nuevas generaciones un reto imposible: tratar de superarlo. ¡Diablos!, ¿Cómo podríamos esperar por alguien mejor que Miguel Ángel, aún sin el techo de la Capillas Sixtina y sin el David?
Jordan agotó todos los adjetivos con la cegadora brillantez de sus actuaciones. Se abrió paso a través de las leyendas tejidas por Wilt Chamberlain y Bill Russell, Kareem Jabbar y Julius Erwing, Larry Bird y Magic Johnson, y se catapultó hacia un estrellato inalcanzable por cualquier otro mortal.

García Márquez diría que Michael Jordan había llorado en el vientre de su madre imaginando una cancha de baloncesto; que nació con los ojos abiertos buscando como detectar al compañero mejor colocado para entregarle un pase maestro; y que mientras le cortaban el ombligo intentaba levantarse en un salto preciso, como aquel del sexto juego de 1998 contra los Jazz de Utah, para una canasta milagrosa.

Cuando se retiró en1993, en plenitud, cobijado por la fama, estaba afectado por el fallecimiento de su padre. Después de fallar en su intento de convertirse en pelotero de Grandes Ligas, con sus herramientas intactas y un excedente de ansiedad, retornó a la trinchera en 1995 para reactivar la superioridad de los Bulls, y en el inicio de 1999, instalado como siempre en la cima del Everest, anunció su segundo retiro dejando a la NBA sangrando otra vez. En 2001, cabalgando sobre la frase “sólo pretendo ser útil”, decidió regresar con los Wizzards de Washington, pero estuvo deslizándose por la pista del deterioro consecuencia de las lesiones, y se vio forzado a salir definitivamente del escenario.

Ustedes lo saben: verlo jugar era tan admirable como las puestas del sol. Así que, shhhhh, silencio por favor, el genio está entrando al Salón de la Fama. Ciertamente, no hay silencio más ensordecedor que el producido después de una vida llena de ovaciones estremecedoras.


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