Edgard Tijerino
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¿Qué suponíamos anoche mientras tratábamos de imaginar lo que podría ocurrir esta madrugada entre Román “Chocolatito” González y el japonés Hiroshi Matsumoto?
Lo que nos parece obvio: el pinolero edificando su victoria número 17 sobre ese jab punzante que fabrica espacios, provoca cortes, aturde y prepara la descarga de esa derecha en directo o en cruzado, que casi siempre lleva un mensaje macabro.

Claro, teorizar es fácil, pero no una certeza, mucho menos en boxeo, donde lo imprevisible está latiendo alrededor de cada acción.

Suponíamos tambien que siendo Matsumoto mucho menos que Gejón, podría ser más cómodamente descifrable. Perdedor de siete combates y con sólo ocho nocauts en sus 17 victorias, Matsumoto no es un mete-miedo y posiblemente carezca de suficientes recursos para “torear” a alguien que combina su natural destreza con una agresividad sin pausas y mucha fortaleza.

Es apasionante especular sobre lo probable aún admitiendo el riesgo de ser golpeados por la puerta en las narices. Se supone que la empresa japonesa controlada por Akihiro Honda, que tiene interés en el futuro inmediato del pinolero, no lo expondría metiéndolo en la jaula con una fiera mientras se aproxima a una pelea titular. En otros tiempos, las peleas previas a la búsqueda de un Campeonato Mundial estaban cubiertas de cierto factor de seguridad, excepto en casos de extrema urgencia.

Ir a lo seguro evitando encontrarse con lo inesperado, ocurrió con Olivares, con Monzón, con Alexis, con la gran mayoría. Y cuando un púgil en pleno ascenso se metía descalzo a las brasas, era porque necesitaba impactar para atrapar la posibilidad. Art Haffey intentó infructuosamente apartar a Alexis Argüello de una pelea por campeonato, para tomar su lugar. Casi termina hecho cuadritos.

¿Qué consideraciones nos tranquilizaban anoche? Que Matsumoto no es lo suficientemente hábil para escapar a los escopetazos de “Chocolatito”; que difícilmente podrá ejercer una presión tan intensa que le permita robarle la iniciativa al nicaragüense; que su golpeo, como lo refleja su frecuencia simplificadora, no es destructivo; y que vista la pelea en la pantalla de las posibilidades, no le podemos conceder más chance que el casual.

Cierto, “Chocolatito” no se acostó con Matsumoto en el bolsillo. Como apunta Shakespeare en Hamlet, la grandeza también tiene limitaciones, a veces sólo se es humano, o singular.

Pero hoy cuando nos levantamos, antes de ir al televisor, ya estábamos celebrando otro triunfo de Román. ¿Lo estaremos haciendo a esta hora cuando ya salió el sol?