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Duro como el mármol, brillando como un diamante en las vitrinas de Tiffanys, pistola en mano con su mirada fiera de “cuatro costuras”, realizando un pitcheo lo suficientemente preciso para apretar tuercas consistentemente, sólo descifrado por el swing matador de Ryan Howard, Vicente Padilla se vio inmenso ayer en Dodger Stadium, en el mismo escenario en que Denis Martínez trabajó en 1991, su obra maestra.

Vicente dejó el juego perdido 1-0 después de 95 lanzamientos a lo largo de siete entradas y un tercio, permitiendo cuatro hits, cediendo sólo una base y ponchando a seis, superado ligeramente por el pitcheo cerebral del dominicano Pedro Martínez, quien realizando un toreo magistral, capaz de ruborizar a Manolete o Paquirri, limitó a dos hits la artillería de los Dodgers con 87 disparos, dibujando con la fineza de un pintor trabajando inspirado sobre el lienzo, siete ceros.

Ganaron los Dodgers 2-1, utilizando como “palanca” para mover la pizarra, otro insólito error de Chase Utley tirando mal a primera sin presión y malogrando un doble play que parecía ser cantado por Vicente Fernández a todo pulmón. Esa falla abrió espacio y fabricó tiempo, para un cierre del octavo, tan prolongado como el famoso recorrido del Camino de Santiago, durante el cual, los Filis utilizaron cinco relevistas, y los Dodgers le dieron vuelta al marcador con una carrera lograda por el error de Utley, y otra por un boleto cedido por J. A. Happ con bases llenas, a André Ethier.

Qué importa cuánto se trabajó y se sufrió para marcar esa segunda carrera, y lo poco elegante que fue la forma de lograrlo, desprovista del toque de espectacularidad que estremece hasta las vigas de un estadio, si lo que se perseguía, era desequilibrar y colocar a los Filis contra las cuerdas, como efectivamente quedaron frente al pitcheo autoritario de Jonathan Broxton, sepulturero de ilusiones.

El contrastante duelo Pedro-Vicente, nos mantuvo rechinando los dientes y apretando los puños. Parecían estar en capacidad de permanecer fajados por siempre, con el nica aguijoneado por la estocada de Howard, haciendo zumbar disparos hasta de 97 millas, combinándolos con quiebres desconcertantes y aplicando reductores de velocidad apropiados, en tanto Pedro, en la otra colina, difícilmente superaba con su mayor esfuerzo las 90 millas, pero sus rectas de 88 y 89, conseguían el deslizamiento necesario, y sus rompimientos estuvieron funcionando con maestría. Los dos, no cedían ventajas en los conteos, ofreciendo un recital para disfrutarlo y apreciarlo, en cualquier Palacio de Bellas Artes.

Qué emocionante fue ver salir a Padilla después de su única base por bolas a Carlos Ruiz, cobijado por una ovación construida con la mezcla de admiración y cariño, que sólo se obtiene con el merecimiento de una gran actuación.

Ni Pedro ni Vicente tuvieron decisión. Y eso fue injusto para el primero, pero justo para el otro. Hasta el octavo, la diferencia la establecía el jonrón de Howard, pero el error de Utley, abrió el piso, y finalmente, se hundieron los Filis.